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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 1197

—Si me prometes portarte bien, te llevaré. Si no, te quedarás en casa esperando a que Silvia y yo regresemos.

Si una niña pequeña como Silvia podía ser valiente, él no iba a ser menos. —Prometo portarme bien, tío Samuel. ¿Puedes llevarme contigo y con Silvia, por favor? Yo también quiero ver a mi mamá.

Quería saber en qué estado se encontraba realmente.

¿Por qué no podía hacer ruido? ¿Por qué no podía tocarla?

Llenos de dudas y con el corazón en un puño, Pedro y Silvia llegaron de la mano de Samuel a las puertas del Hospital Municipal.

Al ver el lugar, Pedro no pudo evitar preguntar: —Tío Samuel, ¿qué hacemos aquí?

¿Acaso su mamá estaba enferma?

—Vengan conmigo y lo verán —dijo Samuel con voz suave, tomando de la mano a cada uno—. Entremos.

Así, llevando a un niño de cada lado, entraron al inmenso edificio de hospitalización.

Subieron por el elevador y llegaron directamente a la zona de cuidados intensivos.

Cuando Pedro vio a su madre inerte sobre la camilla blanca, sin hacer el menor movimiento, rompió en un llanto incontrolable y desgarrador: —¡Mamá! ¡Mamá...!

Pero, por más fuerte que la llamó, Fiona no hizo ni el más mínimo esfuerzo por responderle.

—Pedro, ¿recuerdas lo que me prometiste en casa antes de salir? —Samuel lo apartó suavemente de la puerta y le susurró para advertirle—. Esta es la unidad de cuidados intensivos. Tienes que guardar silencio. No puedes interrumpir el descanso de mamá, ¿lo entiendes?

Pedro tenía mil cosas que decirle a Fiona, pero al verla en ese estado tan vulnerable, se tragó el llanto de golpe.

Solo pudo quedarse allí, con la mirada fija en su madre postrada, mientras las lágrimas le empapaban el rostro sin cesar.

Silvia no estaba mucho mejor que Pedro. Llorando a mares, jalaba a Samuel: —Padrino... ¿qué le pasó a la tía Fiona? ¿Por qué se enfermó así?

Ambos niños respondieron casi al unísono: —¡Sí!

Tal vez, en lo profundo de su inconsciencia, los ruegos de los niños llegaron hasta ella.

Porque, de pronto, los ojos siempre cerrados de Fiona parecieron temblar sutilmente, y sus labios resecos se movieron apenas un milímetro. Pero nadie lo notó.

Por otro lado, en la Mansión Luján.

Andrés llegó a casa con el rostro agotado, solo para ser recibido por los susurros de Valeria al oído: —Andrés, ¿cuándo mandarás a alguien para sacar a Yolanda de ahí? Me aterra que cada día que pasa junto a Samuel, el peligro para mí crezca más y más...

Ella creía que, mostrándose desvalida, despertaría la piedad y el amor de Andrés.

Pero Andrés venía arrastrando el cansancio y el fracaso de todo el día. Al escuchar eso, su frustración explotó: —¡Apenas puedo salvarme a mí mismo por estarte encubriendo, y tú lo único que haces es preocuparte por Yolanda!

¿Acaso ella tenía claras sus prioridades?

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