—¡Vaya, es Valeria Domínguez! ¡La estrella del momento! Ella nunca se mezcla en este tipo de reuniones.
—Señor Flores, hoy es su día de suerte. Valeria Domínguez jamás asiste a estas cenas, y ahora le está ofreciendo un brindis. ¿No va a hacer una excepción?
—¡Que tome! ¡Que tome! ¡Que tome!
La multitud empezó a animar, aplaudiendo al unísono, intentando presionar a Samuel para que aceptara el trago.
Pero él se mantuvo inamovible como una estatua de hielo. Levantó su vaso de agua con desdén.
—Beban si quieren, si no, me largo. Vine aquí solo por cortesía, así que si creen que pueden presionarme, se equivocaron de persona.
Él no era Andrés Luján.
Andrés le toleraba cualquier berrinche a Valeria, pero él no estaba dispuesto a seguirle el juego. Jamás la complacería.
Y esta noche no sería la excepción.
Los actores, que hasta hace un segundo aplaudían entusiasmados, se quedaron mudos al ver la frialdad implacable de Samuel. Las miradas se cruzaron; algunos sentían vergüenza ajena, mientras otros observaban el drama en silencio.
Valeria, siendo la protagonista del rechazo, sintió cómo la humillación le quemaba las mejillas.
Con una mezcla de incomodidad y dolor genuino, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Samuel... es la primera vez que asisto a una de estas cenas. Crecimos juntos, hasta tuvimos una fiesta de compromiso en el pasado. ¿De verdad no vas a tener un poco de tacto conmigo frente a todos?
Su intención era clara: quería que todos en la sala supieran que ella no era cualquier persona. Que tenía estatus.
Quería que el mundo supiera que ellos habían estado comprometidos.
Mientras más él la tratara como basura, más se aferraría a él para no dejarlo escapar.
—¿Tacto? —Samuel soltó una carcajada gélida—. ¿De qué tacto hablas? Estás a punto de celebrar tu compromiso oficial con Andrés. Te sugiero que midas tus palabras y tus acciones.

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