Si Samuel se atrevía a besar a su mujer, él se encargaría de ponerle los cuernos con la suya.
—Descuida, me aseguraré de que jamás tengas la oportunidad.
Con esa última advertencia, Samuel abandonó el lugar.
Tras su partida, los curiosos comenzaron a dispersarse. Valeria estaba completamente inconsciente por la borrachera. Andrés la subió en brazos a su auto y la llevó directamente a la Mansión Luján.
Era evidente que había bebido muchísimo, pero al menos durante el trayecto se mantuvo tranquila, sin dar señales de querer vomitar.
Al llegar, Andrés la bañó con cuidado, le puso ropa limpia y la recostó en la cama, colocando un cesto de basura al lado por si acaso.
Tal vez sintiendo que ya no estaba en el ruidoso salón, los ojos de Valeria, hasta entonces fuertemente cerrados, comenzaron a moverse, dando indicios de despertar.
Lo primero que vio al abrirlos fue el rostro de Andrés. Murmuró confundida: —¿Dónde estoy?
—En la Mansión Luján —respondió él con un tono inexpresivo—. Te traje a casa.
Hizo una pausa y luego preguntó: —¿Por qué bebiste tanto? ¿Quién te obligó?
—Samuel dijo que si quería conseguir nuevos papeles, tenía que ganármelos yo misma en esas cenas... que no me iba a conseguir ningún proyecto. No me quedó de otra, por eso tuve que ir a ese evento —explicó.
Arrastraba las palabras debido a la embriaguez, y su piel suave y hermosa tenía un tono rojizo que la hacía lucir increíblemente tierna.
Andrés sintió que el corazón se le derretía al verla así, pero mantuvo una voz dura: —¿Eso te dijo Samuel? ¡Maldito infeliz! ¡Es evidente que se está vengando! ¡Va tras de mí y por eso quiso humillarte a ti!
Pero de inmediato, cambió de tema, con la mirada afilada: —Entonces, ¿por qué lo besaste? ¿Acaso sigues sintiendo algo por él?

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