Al ver a Samuel y a Valeria besándose, se quedó paralizada por un largo rato. Dos lágrimas rodaron silenciosamente por sus mejillas.
Su celular blanco se deslizó de sus manos y cayó al suelo.
—¿Qué pasa, Fiona? —preguntó Ofelia Soto, quien le estaba pelando una manzana. Al ver que se le caía el teléfono, soltó el cuchillo de inmediato, se limpió las manos y se agachó a recogerlo.
Sin querer, sus ojos se posaron en la pantalla iluminada, ¡y vio la foto de Samuel besándose con Valeria!
—¡Ese infeliz de Samuel! ¡Es un desgraciado! —estalló Ofelia en cólera—. ¡Sabe perfectamente que estás grave en el hospital, y se va por ahí a tener citas con Valeria!
En contraste con la ira de su amiga, Fiona estaba tiesa como una estatua, fría e inerte. No quería pronunciar una sola palabra.
Las lágrimas brotaban sin control y tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar.
¿Cuánto tiempo llevaba hospitalizada?
¿Ya se había aburrido de ella? ¿Sería que, como estaba herida, no quería estar a su lado y por eso había ido a buscar a Valeria?
Un sinfín de dudas comenzaron a atormentarla, dejándola en un estado de profunda angustia.
—¡Ahora mismo lo llamo y le pido explicaciones! —jadeó Ofelia, con el pecho subiendo y bajando por la rabia. Claramente estaba fúrica—. ¡Quiero ver cómo se atreve a seguir con esta farsa de matrimonio!
Se acababan de casar, estaban recién casados. Fiona había sufrido un terrible accidente, su clínica había explotado, y ella había quedado gravemente herida.
Que no la acompañara ya era grave, ¡pero que además tuviera el descaro de hacer esto!
¿Cómo no iba a estar furiosa?
Con furia, Ofelia intentó marcar el número, pero Fiona, que había permanecido en silencio, le arrebató el celular.

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