Ahora que hasta el propio Andrés estaba dispuesto a deshacerse de Valeria, su final estaba verdaderamente cerca.
Ella era la desgraciada responsable de que Fiona estuviera postrada en una cama de hospital.
Solo por eso, Samuel no pensaba tener ni un gramo de piedad.
Fiona notó la frialdad en su voz y no pudo evitar encogerse un poco. Lo miró con cautela y le pidió en un susurro: —Samuel, sé que estás enojado y puedes darle una lección, pero por favor, no llegues al extremo de quitarle la vida, ¿de acuerdo?
Ella también odiaba a Valeria con toda su alma, pero no quería que Samuel se manchara las manos de sangre por su culpa.
No quería verlo convertido en un asesino.
—No te preocupes, sé perfectamente lo que hago —le aseguró Samuel, sintiendo una punzada de dolor en el corazón al ver su temor—. Deja de angustiarte por eso. Mañana te darán de alta, así que concéntrate en descansar y sanar, ¿entendido?
Fiona asintió suavemente, apoyando la cabeza en su pecho mientras escuchaba el latido fuerte y constante de su corazón.
Solo esperaba que el arrepentimiento de Andrés fuera real y no una mera actuación.
Al día siguiente por la tarde, acompañada de Samuel, Fiona completó los trámites para salir del hospital y poner fin a su larga internación.
Al salir, sintió que el aire de la calle nunca le había parecido tan puro; por fin había dejado atrás el olor rancio a desinfectante.
José, el chófer de la familia, condujo hasta la entrada principal del Hospital Municipal. Se apresuró a ayudar a Fiona a subir al auto, ya que aún necesitaba su bastón para caminar. Luego, el imponente Maybach negro se alejó.
Media hora después, llegaron a Costa de la Rivera.
Samuel bajó primero y ayudó a Fiona a salir con extrema delicadeza. José se encargó de llevar las pertenencias mientras Samuel la acompañaba lentamente hacia la sala principal de la casa.
Una vez que la acomodó en el sofá, le preguntó: —¿Cómo te sientes? ¿Te duele mucho?
—Estoy bien —Fiona esbozó una sonrisa—. Samuel, ¿tienes que ir a reunirte con Andrés hoy, verdad?

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