Pero entonces, ¿por qué sentía un vacío en el pecho, como si le hubieran arrancado algo a la fuerza?
—Lo haré —respondió Samuel con tono neutro.
El intercambio entre los dos hombres le dejó claro a Valeria que Andrés había llegado a algún tipo de acuerdo con Fiona. Esa revelación fue el golpe final para su ya colapsada cordura y estalló de ira.
La voz de Valeria se elevó en un grito desgarrador: —¡Andrés! ¡¿Qué demonios le prometiste a Fiona?! ¡¿Llegaste al punto de entregar a la mujer que amas por un trato con ella?! ¡Yo era la dueña de tu corazón, y así es como me pagas!
Recordaba perfectamente cómo, antes de entregarse a él, ese hombre la había tratado como a una reina. La ponía en un pedestal, cumplía cada uno de sus caprichos y la complacía en todo.
¿Y ahora? Llevaban tan poco tiempo juntos y él ya la desechaba como si fuera basura.
¡Así eran los hombres!
Si hubiera sabido que esto pasaría, jamás se habría entregado tan fácil. Debería haberlo mantenido a raya, dejándolo desearla sin poder tocarla. Tal vez así habría asegurado su protección por más tiempo y no estaría en esta situación tan humillante.
—Lo fuiste en el pasado, pero ya no —admitió Andrés sin rodeos, enfrentando su mirada—. ¡Tus constantes intentos de seducir a Samuel me abrieron los ojos! ¡Por fin vi que no eres más que una mujer avariciosa y vacía!
—¡No te conformas con nada! ¡Tienes lo tuyo pero siempre codicias lo ajeno! ¡Me tenías a mí y, en nuestra propia fiesta de compromiso, fuiste corriendo a confesarle tu amor a Samuel! ¿Creías que yo estaba ciego?
¡Él había estado justo detrás de ella en ese pasillo! Había visto y escuchado cada una de las palabras con las que se le ofreció a Samuel Flores.
Valeria palideció. Nunca imaginó que él lo supiera todo. El pánico la invadió y trató de justificarse torpemente: —Andrés, no... no es lo que crees, fue un malentendido...


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