Para colmo, Valeria tenía las piernas destrozadas por los clavos incrustados. Al contacto con el alcohol, ¡el ardor fue tan insoportable que sintió que se le desgarraba el alma!
Esta vez, el dolor fue tan agudo que ni siquiera pudo gritar. Solo lograba balbucear:
—Samu... suéltame... te lo suplico...
Pero eso no era lo que Samuel quería. No había olvidado su principal objetivo.
—Valeria, te lo preguntaré una vez más: aparte de ti y de Yolanda, ¿quién es el tercer cómplice?
—No... no lo sé... —Valeria estaba casi paralizada por la tortura. Ni siquiera pudo procesar bien la pregunta, soltando la primera excusa que le vino a la mente.
Sin embargo, para los oídos de Samuel, esa respuesta solo significaba que se negaba a confesar.
Como respuesta, ordenó que le incrustaran más clavos largos en los huesos de las piernas. ¡El tormento era peor que la muerte, llevándola al borde de la locura!
Samuel frunció el ceño y repitió con frialdad:
—Valeria, ¿vas a hablar o no?
—Samu, te juro que no sé quién es esa persona. ¿Qué quieres que te diga? —Valeria lloraba a mares, con los ojos llenos de lágrimas—. De verdad no lo sé, por favor, ¿me dejas ir?
Al escucharla, Samuel le hizo una seña a sus hombres para que continuaran.
La tortura se prolongó hasta la tarde. Para entonces, Valeria estaba completamente agotada, sin fuerzas siquiera para moverse.
Solo entonces, Samuel volvió a hablar:
—Valeria, te daré una última oportunidad. ¿Quién es esa persona?
La grabación de la llamada que tenían como prueba era suficiente para demostrar que, además de ellas dos, existía un tercer involucrado.
Pero, ¿quién era? Hasta el momento no había logrado averiguarlo.
Valeria era la persona con más probabilidades de saberlo, así que tenía que sacarle la verdad a como diera lugar.


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