Fiona, notando su incomodidad, curvó los labios en una sonrisa irónica.
—No sé por qué vino a pedirme perdón. ¿De verdad le remuerde la conciencia? ¿O es que el golpe que le dio Valeria fue demasiado fuerte? Sea cual sea el motivo, no quiero tener nada que ver con usted. No pierda más su tiempo conmigo.
Le daba mucha pereza lidiar con la fachada hipócrita de Andrés. Fuera sincero o no, a ella ya no le importaba. La única persona que le importaba era su Samu.
—Señorita Santana, sé que me equivoqué en el pasado y cometí un error garrafal, pero ¿por qué no puede perdonarme? —Andrés sintió una punzada de frustración ante su rechazo tajante—. Ya les entregué a Valeria, ¿acaso eso no demuestra mi sinceridad?
Nunca pensó que ganarse la confianza de alguien pudiera ser tan difícil. De haberlo sabido, no habría escuchado las mentiras venenosas de Valeria. Ahora todo era un desastre difícil de arreglar.
Al escuchar sus palabras, Fiona soltó una carcajada burlona.
—¿Sinceridad? ¿Cree que pedir disculpas y entregar a alguien es una muestra de sinceridad? Qué barata le sale entonces. Valeria está pagando por lo que hizo, era cuestión de tiempo para que usted la entregara. Como usted mismo dijo, no iba a ser su escudo protector para siempre. ¿De qué le sirve presumir eso ahora?
Lo único que lograba era sorprenderla un poco, pero en el fondo, su opinión sobre él seguía intacta.
Andrés cerró los ojos, con voz resignada:
—Señorita Santana, solo estoy haciendo todo lo que está a mi alcance por usted. No tiene por qué buscarle siempre malas intenciones a mis actos. Duele que piense así de mí.

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