Al verse directamente señalado por el abuelo Flores, Andrés esbozó una sonrisa ensayada y dio un paso al frente para presentarse: —Señor, es un placer. Soy amigo de Fiona. Me llamo Andrés Luján.
En realidad, no le interesaba tener el más mínimo roce con la familia Flores. Pero si se trataba de alguien cercano a Fiona, estaba dispuesto a ceder y fingir amabilidad.
¿Andrés Luján?
El nombre le resonó al abuelo Flores con una extraña familiaridad, pero su prioridad era ver a su nieto, así que asintió con cortesía. —Mucho gusto.
—Fiona, ¿en qué cuarto está Samu? ¿Podrías llevarme a verlo?
Siendo la cabeza de la familia, le parecía inconcebible y hasta vergonzoso haberse enterado del estado de Samu hasta ese mismo día.
Fiona no iba a negarle la entrada. Empujó suavemente la puerta de la habitación, ayudó al anciano a pasar y se aseguró de cerrarla bien tras ellos. —Con cuidado, abuelo.
Samu, cuyos oídos ahora captaban hasta el más mínimo detalle debido a su ceguera, reaccionó de inmediato. —Fiona, ¿llegó alguien más?
Solo escuchaba unos pasos pesados y constantes; la oscuridad frente a sus ojos le impedía saber quién era.
El abuelo Flores levantó la mirada y, al instante, notó que los ojos de su nieto carecían por completo de vida. Alarmado, preguntó: —Fiona, ¿qué le pasó a Samu?
¿Por qué se veía como si hubiera perdido la vista? Sus ojos estaban vacíos, opacos, sin ese brillo imponente y característico que siempre lo había definido.
—Abuelo, a Samu le cayó encima una placa de acero y el impacto le provocó un coágulo que está oprimiendo su nervio óptico. —Fiona tragó saliva, como si cada palabra le doliera—. El Dr. Montenegro nos dijo que su ceguera debería ser temporal.
El problema era que ni el mismo médico se atrevía a confirmar cuánto duraría ese "temporal".

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