Ese día le tocaba la revisión al abuelo Flores. Al terminar de trabajar, se dirigió a la mansión de los Flores. Apenas entró en la sala, vio a Gisela Martínez y a Esteban sentados en el sofá. Ambos tenían una expresión muy seria, y la miraban de una forma extraña.
—Señorita Santana, el señor la está esperando en el tercer piso.
—De acuerdo.
Mientras el mayordomo la guiaba hacia las escaleras, Esteban la siguió hasta la puerta de la habitación del abuelo Flores.
—Las personas ajenas no pueden entrar —dijo Fiona, lanzándole una mirada antes de cerrar la puerta.
Desde el pasillo, se oyó la voz enfadada de Esteban.
—Fiona, ¿qué tonterías dices? ¿Desde cuándo soy yo una persona ajena?
Fiona lo ignoró y empezó el tratamiento del abuelo. Al terminar, oyó el sonido de un motor en la planta baja. Sonaba como el carro de Samuel…
Abrió la puerta y se encontró a Esteban esperándola, con una expresión gélida. En un instante, él la agarró del brazo y la arrastró hacia el segundo piso.
—¿Qué haces? ¡Suéltame! —susurró Fiona, intentando no despertar al abuelo.
Esteban no dijo nada y la metió en la habitación de al lado.
Mientras tanto, en la planta baja, Samuel vio el Porsche aparcado en la entrada y entró en la casa.
—¿La señorita Santana sigue tratando al abuelo? —le preguntó al mayordomo.
—Ya ha terminado. Creo que está en una de las habitaciones del segundo piso…

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