—Si no fuera por la salud del abuelo, no estaría alargando esto. Si eres tan valiente, ¡ve y díselo tú misma! —replicó Esteban, con la voz grave, mirándola desde arriba.
Fiona se levantó del sofá, enfrentándolo.
—¡Perfecto! Cuando el abuelo se recupere, hablaré yo con él. No necesitaré tu ayuda para nada, solo tu firma en los papeles.
Esteban bajó la mirada, observándola con una furia contenida que le marcaba las venas de la frente. Sus manos se cerraron en puños a los costados.
—¿Qué? ¿Vas a pegarme otra vez? —una sonrisa sarcástica se dibujó en los labios de Fiona.
Él tragó saliva, sin saber qué decir.
—No me importa si ese hombre es mi tío o no… —alzó la voz Esteban—. Pero te advierto que no pongas a prueba mi paciencia. Mientras no estemos oficialmente divorciados, no vuelvas a hacer nada que me falte al respeto. Si me entero de algo más, no te lo perdonaré.
Sin esperar respuesta, se dirigió a la puerta.
¡Bang!
El portazo resonó en el pasillo, y la habitación quedó sumida en un silencio sepulcral. Fiona se quedó mirando el suelo, perdida en sus pensamientos.
—¿Te agredió?
Una voz profunda la sacó de su ensimismamiento. Levantó la vista hacia el balcón. Samuel entraba en la habitación, con el rostro serio.
Fiona lo miró, sorprendida. Si había entrado por ahí, solo podía significar una cosa. ¿Había saltado por la barandilla?
—¿Qué haces aquí? —preguntó, en lugar de responderle—. ¿Has saltado?


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