Fiona le tapó la boca con la mano para que no siguiera hablando. Se oyeron pasos en el pasillo. No sabía de quién eran, pero no se dirigían a su habitación. Lo que sí era seguro es que no era Esteban. Probablemente era algún empleado.
Samuel la levantó en brazos y la llevó al baño. Con un leve movimiento del pie, cerró la puerta, y quedaron solos. La sentó sobre el lavabo, le levantó la barbilla y sonrió con ironía.
—Dime la verdad, ¿alguna vez lo intentaste con él en esta habitación?
Fiona lo miró, incrédula. Al ver que no respondía, él soltó una risa grave.
—Así que sí, ¿eh?
—Eso fue hace muchos años, ya ni me acuerdo —dijo Fiona, sin querer recordar el pasado.
—¿De verdad no te acuerdas, o es que no quieres decírmelo?
Su voz, cargada de una tensión peligrosa, la envolvió por completo. Las piernas de ella colgaban a los lados, mientras él se apoyaba en el borde del lavabo, rodeándola con sus brazos para que no perdiera el equilibrio.
Fiona se mordió el labio, obstinada.
—No te preocupes —dijo él, con la voz aún más grave—. Me encargaré de borrar esos recuerdos.
Ella levantó la vista y se encontró con su mirada intensa. Un segundo después, él la besó. Las manos de Fiona, apoyadas en el mármol, se cerraron en puños. El corazón se le aceleró. Él exploró su boca con avidez, buscando más.
—Fiona, ¿estás en la habitación?
—Fiona…



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