Las palabras de Samuel, aunque intentaban ser tranquilizadoras, solo lograron inquietar más a Fiona.
—Fiona, Fiona…
La voz de Gisela sonaba cada vez más impaciente. Fiona abrió la puerta del baño, empujó a Samuel hacia el balcón y corrió las cortinas. Solo cuando se aseguró de que él ya estaba en el otro lado, se arregló un poco y fue a abrir la puerta de la habitación.
Al abrirla, se encontró con el rostro severo de Gisela.
—¿Qué te pasa? Llevo un buen rato llamando y no contestas.
Gisela echó un vistazo al interior de la habitación antes de volver a fijar su mirada en Fiona. Justo cuando Fiona iba a hablar, la puerta de la habitación de al lado se abrió.
Samuel apareció, apoyado en el marco, con voz soñolienta.
—Cuñada, ¿a qué vienen tantos gritos?
Gisela se giró, sorprendida.
—Samu, ¿tú también has vuelto?
—Vine a ver al abuelo —la expresión de Samuel se ensombreció—. Pensaba echar una siesta, pero me has interrumpido.
Fiona lo miró, nerviosa. Sabía perfectamente a qué "siesta" se refería.
—Pero si aún no es de noche, ¿ya te vas a dormir? —preguntó Gisela, extrañada—. Solo venía a llamar a Fiona para que bajara a cenar.
—Si tienes hambre, comes; si tienes sueño, duermes. Es lo normal, ¿no? —respondió Samuel con indiferencia, mirando a Fiona—. Sobrina política, ¿qué opinas?
Fiona, ya de por sí tensa, se puso rígida. Forzó una sonrisa.


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