Al oír esto, el hombre frente a ella arrojó el cigarro al suelo.
Se enderezó, se acercó, y con su mano de nudillos bien definidos, la tomó de la cintura, la hizo girar con agilidad y la apoyó contra el cofre del carro.
Fiona se sobresaltó por el movimiento brusco, y su cuerpo tembló ligeramente.
Cuando sus ojos se encontraron con los de él, vio en ellos un peligro que nunca antes había presenciado.
La mano de Samuel que la sujetaba por la cintura apretó con más fuerza.
La voz del hombre destilaba amenaza.
—¿Qué? Si no hubiera aparecido hoy, ¿acaso pensabas irte a un hotel con él después de la cena, señorita Santana?
Sus palabras la golpearon. Fiona alzó la vista, mirándolo con incredulidad.
Jamás habría imaginado que él diría algo así.
Fiona frunció el ceño.
—Samuel, ¿en tu opinión soy una mujer que se acuesta con cualquiera?
—Al principio no quería pensar eso, pero te fuiste ese día sin esperar a que despertara, y hoy sales a cenar con un hombre y me mientes diciendo que es una mujer. —Samuel sonrió con frialdad—. Señorita Santana, tus acciones hacen muy difícil no pensar mal.
Era la primera vez que la malinterpretaba de esa manera, y Fiona se sintió profundamente ofendida.
En los últimos días, había empezado a tomar en serio su relación, intentando abrirle su corazón e incluso había pensado en aceptar su cortejo en cuanto tuviera el acta de divorcio.
Pero esa noche, sus invenciones y malentendidos le provocaron un escalofrío en el corazón.
—¿Desde cuándo me estás siguiendo?
Fiona levantó la vista y lo miró fijamente.
—Desde que salieron de la clínica.
Samuel no intentó ocultarlo, pero el peligro en su voz se intensificó.

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