Azucena y Liam vieron al instante el video en la pantalla del celular.
En la imagen aparecían la esposa de Liam y su hijo de cinco años.
Al ver esto, Azucena no pudo evitar esbozar una sonrisa fría.
Con razón su hija estaba tan tranquila comiendo pepitas hace un momento; tenía este as bajo la manga.
—¡Si te atreves a tocarla, te juro que te mato!
Liam intentó arrebatarle el teléfono.
Úrsula alejó el celular: —Si nos matas a mi mamá y a mí, mi gente se encargará de tu esposa y tu hijo. ¡Nadie se salva!
Liam luchó internamente, pero al final cedió: —Está bien. Me entregaré.
—Busca una excusa creíble. Di que te gustaba mucho Villa del Alcázar y querías quedártela, pero como supiste que la señorita Santana no la vendería, usaste esos métodos.
—¡Ni se te ocurra mencionarnos a mí o a mi mamá! De lo contrario, antes de que entres a la cárcel, ¡podría pasarle algo a tu familia! Una vez que estés dentro, los soltaré. Puedes estar tranquilo.
—Tú vas a la cárcel y a cambio salvas a varios... —Úrsula curvó los labios en una sonrisa burlona—: Vale la pena, ¿no?
—Tú...
Liam quería decir algo más, pero su celular volvió a sonar en su bolsillo.
Úrsula sonrió con frialdad: —Anda, ve. No hagas esperar a los oficiales.
La mano de Liam temblaba mientras sostenía el celular.
Apretó los dientes y finalmente dio un paso adelante.
Úrsula permaneció en su lugar, sin mostrar ni una pizca de nerviosismo.



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