Miró la pantalla y vio que era su asistente, Abraham.
Contestó y se acercó a la ventana.
—Espero que tengas una buena razón para molestarme a estas horas.
—Señor Flores, tenemos noticias de esa tal Fina. Al parecer, está aquí, en Santa Matilde. Ya tengo su número de celular, ¿quiere que se lo envíe?
—Sí, envíamelo.
—Entendido, señor Flores.
Tras colgar, recibió una notificación. La miró y marcó el número, pero nadie contestó.
Quizá ya dormía. No le dio más vueltas y colgó.
...
Mientras tanto, en la habitación de al lado.
Esteban salió del baño y vio que la pantalla del celular de Fiona, que estaba en la mesita de noche, se iluminaba. Para cuando se acercó, la llamada ya había terminado.
La misma manía de siempre: el teléfono en vibración. Cuántas veces habían discutido por eso, porque nunca la encontraba cuando la necesitaba.
El celular tenía contraseña, así que no pudo acceder. No le dio más importancia y se fue a dormir.
...
Al día siguiente, cuando Fiona despertó, el hombre ya no estaba en la habitación. Solo se oía el sonido del agua corriendo en el baño.
Miró a su alrededor y se dio cuenta de que la noche anterior había vuelto a beber de más.
Recordó cómo había intentado saltar la barandilla delante de Samuel y sintió un escalofrío. Cada vez que bebía, hacía alguna locura.
¡Nunca más volvería a beber aquí!
Fiona se levantó a toda prisa y salió de la habitación de puntillas. Tras asegurarse de que no había nadie fuera, cerró la puerta con cuidado.
Apenas se dio la vuelta, oyó que la puerta de la habitación de al lado se abría.

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