Sus ojos se abrieron como platos.
¿Por qué Samuel tenía el número de su tarjeta secundaria? ¿De dónde lo había sacado?
—Hoy es la ceremonia de graduación de Pedro. Supongo que asistirás, ¿verdad? La maestra dijo que los padres debían estar presentes para darle al niño una graduación perfecta.
Una voz familiar la sacó de sus pensamientos. Fiona oyó pasos a sus espaldas y, de inmediato, apagó la pantalla del celular. Antes de que el hombre se acercara, lo guardó en el bolso que estaba junto a la cama.
No se había dado cuenta de que Esteban seguía allí.
Se dio la vuelta y lo miró con indiferencia.
—Hoy tengo algo muy importante que hacer, no tengo tiempo para ir a su graduación.
Apenas dio un paso, el hombre la sujetó de la muñeca.
—Fiona, Pedro no es solo mi hijo. Ya sé que no sueles venir a las reuniones de padres, pero ¿ahora ni siquiera vas a asistir a un evento tan importante como su graduación? ¿Es así como ejerces de madre?
—Da igual. Para él y para ti, mi papel de madre y esposa es prescindible. ¿Qué más da si voy o no? Con que vaya Bianca es suficiente, ¿no? —Su tono era sereno, pero sus palabras estaban cargadas de frialdad.
Esteban apretó la mano que sujetaba su brazo.
—Ni a Pedro ni a mí nos importa que hayas estado en la cárcel, no nos avergüenzas. ¡Pero eres tú la que renuncia a acercarse a nosotros! De verdad que eres…
—Si tanto temes que los avergüence, ¿para qué quieres que vaya? —Una sonrisa burlona asomó en los labios de Fiona.
—Sea como sea, hoy tienes que estar allí.
—¿Y si no lo hago? —levantó la vista y lo miró con frialdad.


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