Samuel la miró desde arriba, con un leve rastro de molestia en los ojos.
Fiona se quedó helada un momento.
Aunque él no lo dijo explícitamente, ella entendió perfectamente a qué se refería.
Sin embargo, fingió demencia:
—No sé de qué estás hablando.
Samuel extendió su mano grande y fuerte, tomándola de la barbilla al instante, con una mirada sombría que asustaba:
—¿Vas a seguir fingiendo?
Fiona intentó cambiar el tema por instinto:
—Aquí hay cámaras, no me digas estas cosas aquí. Si alguien filtra esto, nosotros...
—Ya somos pareja, ¿miedo a qué?
Fiona observó sus rasgos y notó esa ligera irritación en el fondo de su mirada.
Parecía que, si seguía ocultándolo, él se iba a enojar de verdad.
Fiona apretó los dientes y soltó de golpe:
—¡Está bien! Lo admito, yo soy Fina...
Al escuchar eso, el hombre soltó una risa ronca y baja.
Fiona no entendió muy bien la reacción de Samuel y preguntó con curiosidad:
—Samuel, ¿de qué te ríes?
—Qué bien te escondes, señorita Fina...
La mirada de Fiona volvió a chocar con la de él.
Él la miraba fijamente, como si pudiera ver a través de ella en cualquier momento, lo que la hacía sentir extremadamente incómoda.
—Bueno, ya, vámonos a la casa.
Fiona intentó empujarlo, pero se dio cuenta de que no podía moverlo ni un centímetro.


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