Al oír eso, la pesada losa que oprimía el corazón de Fiona por fin se desprendió. Al parecer, él de verdad ya tenía un plan.
«Ahijada». Sin duda, era la mejor solución para la situación actual.
—¿Y si no, qué? —Samuel esbozó una sonrisa gélida—. ¿De verdad creías que era mi hija biológica? Ni siquiera me he casado, no tengo pareja, ¿de dónde iba a sacar una hija?
—Pero yo la oí claramente llamarte papá…
—¿Acaso un padrino no es un padre? —Los ojos de Samuel se tiñeron de una frialdad implacable—. Sobrino, tu insistencia resulta un tanto incomprensible.
—Basta ya. —Justo cuando Esteban iba a replicar, el abuelo Flores, que había permanecido en silencio, lo interrumpió. Miró a Samuel y dijo—: ¿Desde cuándo tienes una ahijada? Aunque no sea de sangre, es un asunto importante. Deberías habérmelo dicho.
—No le di importancia. Si quieres conocerla, un día de estos la traigo. —El tono de Samuel era indiferente mientras se recostaba en el sofá.
El abuelo Flores carraspeó.
—Si es tu ahijada, entonces tiene padres. ¿Por qué la cuida siempre Fiona?
Fiona iba a hablar, pero el hombre a su lado se le adelantó.
—Ya no tiene padres.
Fiona se quedó perpleja. No se esperaba que Samuel dijera algo así. Pero, pensándolo bien, no estaba lejos de la verdad. El padre de la niña la había abandonado, y a la madre le quedaba poco tiempo… En realidad, no se diferenciaba mucho de ser huérfana.
Al ver que el abuelo Flores no decía nada, Fiona añadió:
—Conozco a su madre, nos llevamos bien. Por eso la cuido, en parte para ayudar al señor Flores…
El abuelo Flores asintió, pensativo.
—Así que era eso.

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