—¿Ni un segundo más quieres pasar conmigo?
—Exacto. —Su respuesta fue tajante, sin un ápice de duda.
Esteban se quedó sin palabras, visiblemente afectado.
¿Qué le habría pasado en la cárcel para que cambiara tanto?
...
Fiona se bajó del carro en la carretera y se dispuso a buscar un taxi para volver a casa. La escena no pasó desapercibida para una mirada oscura que la observaba desde la distancia.
Abraham, a través del parabrisas, también vio cómo Fiona descendía del vehículo de Esteban. Cuando el Cayenne negro desapareció, la vio esperando en la acera y le preguntó en voz baja al hombre del asiento trasero:
—Señor Flores, la señorita Santana se ha bajado del carro de Esteban. ¿Nos acercamos?
Samuel entrecerró los ojos y miró su reloj de pulsera. Justo cuando iba a hablar, vio que la esbelta figura subía a un taxi y se alejaba. Los labios del hombre se fruncieron ligeramente.
Abraham, al ver que Fiona se había ido, no esperó respuesta y aceleró.
—¿Has conseguido contactar con esa tal Fina? —preguntó Samuel, levantando la vista hacia el asiento del conductor.
A través del retrovisor, Abraham respondió con respeto:
—Parece que tiene el celular apagado. No he podido localizarla. Quería informarle hace un par de días, pero con tanto trabajo se me olvidó.
Samuel frunció el ceño.
—¿Sigue apagado?
—Sí —confirmó Abraham—. Hoy, en cuanto tenga un momento, volveré a intentarlo.


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