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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 82

Fiona se detuvo y se giró hacia la persona que había hablado. El rostro de Bianca mostraba una sonrisa amable, pero sus ojos ocultaban una crueldad manifiesta.

Se dio la vuelta y soltó una risa gélida.

—Ahora entiendo por qué tú y Esteban están juntos. Son tal para cual.

Al oír eso, el rostro de Bianca se ensombreció.

Mirella, furiosa, espetó:

—Fiona, ¿qué tonterías dices? ¡Si no sabes hablar, mejor cállate!

—Esteban también cree que me quedé con sus tres millones, cuando en realidad los gané vendiendo los leones guardianes. Que ambos digan lo mismo solo demuestra que son de la misma calaña.

Bianca se quedó sin palabras. Era cierto que Esteban le había comprado esos leones guardianes. De eso no había duda.

Mirella, al ver que Bianca se quedaba sin argumentos, salió en su defensa.

—Con esa medicina de cuarta que practicas, seguro que cierras en un par de días. Los tres millones te durarán, como mucho, dos meses. ¡Menudo ridículo harás cuando no tengas ni un solo paciente!

—No te preocupes. Con mi medicina de cuarta, tengo de sobra para tratar cerebritos como el tuyo.

—Tú… —Mirella, visiblemente afectada, respiraba con agitación.

—Si no te curan en otro sitio, puedes venir a verme. Cuando abramos la clínica, serás bienvenida. —Fiona le metió una tarjeta de visita en la mano y se marchó.

Mirella la vio alejarse, miró la tarjeta que tenía en la mano y sintió una oleada de rabia.

—«Experta en acupuntura, ventosas, tratamiento de puntos de presión…» ¡Menuda farsante! Solo engañará a los viejos. ¡A ver qué hace cuando se le muera alguien!

Bianca echó un vistazo a la tarjeta en la mano de Mirella mientras escuchaba sus maldiciones. Se giró hacia ella.

—¿Cuándo abre la clínica de Fiona?

Mirella la miró.

Al atardecer, cuando Fiona llegaba a casa con Silvia, vio a lo lejos una figura familiar. Un hombre con camisa blanca y pantalones de vestir que realzaban sus largas piernas estaba apoyado en su carro, hablando por teléfono. Su rostro era impasible, y emanaba un aura de autoridad y distancia que intimidaba.

Al mirar en su dirección, su mirada se cruzó con la de Fiona.

Samuel colgó el teléfono y se acercó a ellas.

—Señor Flores, ¿qué hace aquí? —preguntó Fiona, deteniéndose frente a él con Silvia de la mano, visiblemente sorprendida.

—He venido a ver a la niña. —El tono del hombre era neutro mientras su mirada se posaba en Silvia.

—Silvia, saluda al señor.

Al oír a Fiona, Silvia se acercó y dijo en voz baja:

—Señor…

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