—Y tu gran lección fue encerrarla un par de días, dejarla sin comer un rato, darle unas cuantas cachetadas y quitarle su dinero para gastos. ¡Ni siquiera le hiciste un rasguño de verdad!
—¡Yo quería que se muriera! Solo muerta volverías a consentirme exclusivamente a mí, como antes.
Elías la miraba atónito.
¡Solo porque defendió un poco a Isabela, ella decidió mandarla al otro mundo!
¡Isabela era su esposa!
La engañó para casarse y jugó con sus sentimientos. Ya de por sí se sentía culpable con ella, y encima, por culpa de Jimena, terminó divorciándose y dejándola en la calle sin un centavo, tal como Jimena se lo pidió.
Jamás imaginó que con eso empujaría a Isabela directo al infierno.
¡Jimena estaba completamente loca!
De repente, recordó cómo Isabela le gritaba llorando cada vez que la regañaba por sus peleas con Jimena. Le decía que estaba ciego, que siempre era parcial, que siempre le creía a Jimena y que se dejaba manipular por ella sin darse cuenta.
Le echaba en cara que, siendo un hombre tan poderoso en los negocios, tenía cero inteligencia emocional en su vida privada, incapaz de ver si las intenciones de Jimena eran buenas o malas.
Le advertía que Jimena no era la mosca muerta que aparentaba ser, que era la mujer más mala y retorcida de todo Nuevo Horizonte.
Y vaya que Isabela tenía razón.
Realmente estuvo ciego; se equivocó por completo con Jimena.
Su favoritismo, esa vieja costumbre de no poder soltar el cariño que le tenía y su insistencia en protegerla, terminó arruinándolas a las dos.
¡Todo fue su culpa!
En realidad, el principal culpable de la muerte de Isabela era él.
Rodrigo entró acompañado por los policías.
Al ver a Elías allí, Rodrigo no se sorprendió en absoluto.

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