No le quedaban más oportunidades de empezar de cero con ella. El corazón de Isabela se había cerrado para siempre; ella ya no lo amaba.
Tanto en el sueño como al despertar, lo único que le acompañaba era la culpa y un inmenso arrepentimiento.
De hecho, en la vida real, Isabela había pedido el divorcio todavía más pronto; no habían cumplido ni un año de casados cuando ella tomó sus cosas y se fue. Al menos, en ese sueño, lograron fingir que eran marido y mujer durante tres años.
Y ya fuera en el sueño o en la realidad, la verdad es que él e Isabela jamás consumaron su matrimonio. Siempre habían dormido en cuartos separados desde el día de su boda...
—Isabela, yo... perdóname —se disculpó Elías a duras penas.
Hasta el simple acto de hablar le costaba un mundo; su cuerpo no daba para más.
—Claro que me debes una disculpa, pero lo nuestro es agua pasada. Ya no me interesa reclamarte por cosas de ayer. Lo mejor para ambos es soltarnos, solo así podremos empezar desde cero.
—¿Acaso... me odias? —le preguntó Elías clavándole la mirada.
Se le enrojecieron los ojos y las lágrimas empezaron a formarse otra vez.
Esa aplastante impotencia de saber que no había vuelta atrás lo llenó de desesperación, ahogándolo en un mar de arrepentimientos.
Cuando se casó con ella, sentía que por el simple hecho de ser Elías Silva, ya le estaba haciendo un enorme favor al darle el estatus de la señora Silva. Una bendición por la que muchas mujeres habrían matado.
Le dio un lugar en la sociedad, lujos materiales, una enorme mansión donde vivir, un buen coche y una mesada mensual que siempre le llegaba de forma puntual.
Si ella no se hubiera puesto exigente con el tema del amor, en realidad podrían haber seguido así toda la vida.
Pero ni la Isabela de sus sueños ni la de la vida real estaban dispuestas a conformarse con tan poco. La del sueño aguantó y luchó tres años enteros sin lograr conseguir una pizca de su amor.
—Poco a poco, ese odio se fue apagando. Guardarle rencor a alguien es muy pesado y me arruinaba el humor. Yo solo quería disfrutar mi vida y no repetir esa historia de terror que vi en el sueño.
—Por eso dejé de odiarte, ya no quise seguir así. Preferí enamorarme del mundo, y cuando solté ese rencor, me di cuenta de que mi vida estaba llena de luz y cosas bonitas. Ahora mi día a día está completo, me siento feliz y no ando cargando presiones a lo tonto.
—Puedo hacer lo que se me pegue la gana siempre y cuando sea feliz. Ya no tengo que mortificarme pensando en que mis acciones vayan a manchar el nombre de la familia Silva, o a dejarte mal parado a ti, Elías. Mucho menos tengo que soportar los berrinches y las quejas de tu mamá y de tu hermana diciéndome que soy una vergüenza.
—Ya no vivo con el pendiente de cómo vas a reaccionar ni te pongo entre la espada y la pared. Soy cien por ciento libre y vivo la vida a mi manera.
—Y, aunque gran parte de mis negocios se levantaron gracias a lo que tú me diste, al menos supe multiplicar ese dinero y no despilfarrarlo. A fin de cuentas, considero que me debías muchísimo; darme esa lana como compensación era lo mínimo que podías hacer.
—Acepté lo que me diste para quitarte un peso de encima. Ahora sí estamos a mano. Yo no te guardo ningún rencor y tú tampoco tienes que seguir sintiéndote culpable.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda