—Claro que sí, Isabela —dijo Álvaro con firmeza—. No hiciste nada malo. Creo que tomaste la decisión correcta. Aunque al final Elías te trató mejor y te dio una buena compensación, eso no borra el hecho de que te usó y te lastimó.
»No tienes por qué sentir culpa, no es tu culpa.
Isabela asintió.
—No lo es. Tampoco siento que me haya equivocado. Elías tuvo la culpa desde el principio. Cuando me declaró su amor y empezó a cortejarme, estuve a punto de entregarle mi vida entera.
»Fingió demasiado bien. Incluso me llevaba a las reuniones con sus amigos, incluyéndote a ti; me hizo parte de su mundo. De verdad creí que se había enamorado de mí, sobre todo porque nos conocíamos desde hacía más de veinte años.
»Él siempre iba a la casa de la familia Méndez a buscar a Rodrigo. Como yo vivía ahí, lo conocía desde niña. Cuando ellos jugaban, aunque no me incluían, yo siempre los observaba de lejos.
»Cuando me mudé de la casa, me lo topaba seguido cada vez que iba de visita. Por eso, cuando me dijo que siempre se había fijado en mí y que estaba enamorado, le creí ciegamente.
»Lo único que siempre me hizo ruido fue lo bien que trataba a Jimena. En su momento, me convencí de que, como crecieron juntos, tenían un vínculo que yo jamás podría igualar. Pensé que mientras no me faltaran al respeto, lo mejor era ser comprensiva y no armarle un berrinche por eso.
»Incluso me dio una boda de ensueño. Ese día, yo era la señora Silva, la mujer más envidiada de todas. Tú y Adrián fueron los padrinos, ustedes vieron la magnitud de todo aquello. ¿Quién se iba a imaginar que invirtió tanto solo para utilizarme?
Elías incluso estuvo dispuesto a sacrificar su propio matrimonio para lograr sus objetivos.
Eso solo demostraba que sus sentimientos por Jimena en aquel entonces eran sumamente profundos.
Ahora, él decía que ya no sentía nada por ella, pero para Isabela, eso no era cierto; simplemente estaba decepcionado por lo lejos que había llegado Jimena y el extraño sueño había influido en su forma de verla.
Y como ella, justo después del divorcio, consiguió a un hombre de la talla de Álvaro como pretendiente, Elías sintió su orgullo herido. Esa era la verdadera razón por la que quería recuperarla y volver a casarse con ella.
Mínimo estarían dos años de novios antes de siquiera considerar el matrimonio.
—Isabela, ¿prefieres ir a tu casa o a la oficina? —le preguntó Álvaro.
—¿Te llevo a casa para que descanses?
Sabía que Isabela apenas había pegado ojo en toda la semana.
Estaba divorciada de Elías, pero era imposible quedarse cruzada de brazos ante una tragedia tan grave.
—Llévame a casa, sí necesito dormir un poco. Oye, avísales a tu mamá y a tu abuela que este fin de semana sin falta voy a visitarlas.

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