Ella había prometido visitar la casa de los Morales el fin de semana pasado, pero con lo del accidente de Elías, tuvo que cancelarlo.
Se había pospuesto.
Álvaro respondió con un tono lleno de ternura:
—Puedes ir el día que tú quieras, me ajusto a tus horarios, Isabela. Las puertas de mi casa siempre estarán abiertas para ti.
En el fondo, deseaba que ella por fin dejara de preocuparse por Elías para poder estar juntos al cien por ciento y llevarla a conocer a su abuela.
De todas formas, confiaba en ella.
El hecho de que Isabela confirmara que iría a cenar con su familia ese fin de semana, significaba que ya había ordenado sus sentimientos.
Había tomado una decisión.
Lo había elegido a él, no a Elías.
Como ella misma lo dijo, ya estaba divorciada y no había marcha atrás. Sus sentimientos por Elías estaban más que muertos.
—Álvaro, muchas gracias por ser tan comprensivo, por estar siempre conmigo y tratarme tan bien —le agradeció ella con sinceridad.
Álvaro era mil veces más considerado que Elías.
Y, sobre todo, sabía respetarla.
No es que Elías no supiera ser detallista o respetuoso, el problema era que esa consideración y respeto jamás fueron para ella, sino para Jimena.
Cuando Elías le preguntó por qué no quería saber quién había sido su asesina en el sueño...
Ella ya sabía que era Jimena.
No tuvo que preguntar nada, la expresión de él se lo confirmó.
—No hay de qué agradecer, entre nosotros no debe haber tanta formalidad —respondió Álvaro—. Al contrario, yo soy el que debería agradecerte por darme esta oportunidad.
Isabela soltó una risita.
—Otra vez me andas pidiendo que no agradezca. Está bien, dejemos las cortesías de lado.
—De acuerdo.
Álvaro la acompañó a casa y se fue después de cenar allí, en la residencia de los Romero.
No es que tuviera prisa por irse, simplemente sabía que Isabela estaba agotada y necesitaba dormir.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda