—Mamá, ahora eres solo mi mamá. Todo tu amor maternal es solo para mí. Me siento tan feliz.
Vanessa, sintiendo una mezcla de culpa y ternura, abrazó a su hija.
—Isa, en el pasado yo tuve la culpa. Te pido perdón a ti y también a tu padre. Él solo te tenía a ti, y yo no supe cuidarte como debía.
—Mamá, no digas eso. Sé que aguantaste tantas humillaciones solo por mí.
Cuando recién renació, Isabela había dudado del amor de su madre, creyendo que tras su muerte no le había importado y ni siquiera había ido a verla.
Fue por boca de Elías Silva que se enteró de que su madre en realidad había sido asesinada por Jimena Castillo.
—Mamá, de ahora en adelante todo nos saldrá bien. Ante cualquier problema, nos comunicaremos para evitar malentendidos.
—Está bien. Anda, ve a descansar.
Vanessa apartó suavemente a su hija y la instó nuevamente a irse a dormir.
Ante la insistencia de su madre, Isabela no tuvo más remedio que subir a descansar. En cuanto a los regalos enviados por Ulises Peña, como no los iba a aceptar, ni siquiera se molestó en ordenarlos. Al día siguiente, pediría ayuda para sacarlos de allí y llevárselos a su encuentro con Ulises.
Se los devolvería todos. No aceptaría absolutamente nada de Ulises Peña, pues sus intenciones nunca eran buenas.
Ella ya sospechaba que el accidente de Elías Silva había sido obra suya. Le había advertido a Elías y él mandaría a investigar; solo quedaba esperar los resultados.
Si Ulises realmente había renacido y vuelto en busca de venganza contra ella y Elías, tendría que prepararse con anticipación y cuidarse de él.
Mientras tanto, en la lujosa sala de una mansión, Ulises Peña estaba sentado en el sofá. En sus manos sostenía dos pequeñas piedras redondas que hacía girar de vez en cuando. El choque de las piedras producía un sonido que resultaba un poco estridente en aquella sala, tan silenciosa que se podría haber escuchado la caída de un alfiler.
—¿Isabela ya habrá vuelto a casa? Debe haber visto los regalos que le envié. Me pregunto cuál habrá sido su reacción.
Sus subordinados creían que Ulises se había fijado en Isabela. Después de todo, tenía una figura envidiable y un rostro bellísimo. Aunque era divorciada, se sabía que ese matrimonio había sido solo de nombre, por lo que seguía siendo una mujer intocada.
Ulises no era muy dado a andar con mujeres; de vez en cuando buscaba compañía, pero sus exigencias eran altísimas. Debían ser completamente puras; si alguien más había estado con ellas, él las rechazaba por considerarlas usadas.
Las mujeres que pasaban la noche con él tal vez nunca llegarían a ser sus esposas oficiales, pero Ulises nunca las trataba mal. Al terminar, siempre les entregaba una suma generosa de dinero, suficiente como para comprar una casa y un auto en una gran ciudad, y hasta les sobraba.
—Sí que es inteligente.
Una leve sonrisa asomó en los labios de Ulises. Sin duda, Isabela había renacido; solo así se explicaba su agudeza mental en esta vida.
En su vida pasada, nunca cruzó caminos directamente con Isabela. Ah, cierto, en aquel entonces ella se llamaba Isabela Méndez. Para cuando supo de ella, ya estaba muerta; uno de sus hombres de confianza la había secuestrado y asesinado.
Había tenido una muerte bastante miserable. Y la persona que había pagado una fortuna a El Cicatrices y sus hombres para secuestrar a Isabela fue Jimena Castillo. Ella les ordenó arruinar su pureza y desfigurarle el rostro. Cuánto odio le tenía Jimena a Isabela en ese entonces.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda