En su vida pasada, Ulises fue condenado a muerte antes de tener tiempo de entender toda la situación. Solo sabía que la persona que había reunido todas las pruebas de sus crímenes era Elías Silva. Ese sujeto tenía talento y muy buenos contactos.
Quienes andan en la mafia nunca tienen las manos limpias. Ulises admitía tener varias muertes a sus espaldas; sus delitos se acumulaban uno tras otro, y cualquiera de ellos bastaría para que le dieran una sentencia severa.
Si se ponía del lado de la justicia, hasta él mismo creería que merecía morir con creces. Pero él no estaba del lado de la justicia. Era un demonio, un monstruo cruel y despiadado que mataba sin parpadear.
¡Pero no aceptaba haber muerto de esa forma!
Iba a vengarse. Ni Elías Silva ni Jimena Castillo escaparían de él.
No les haría la vida nada fácil.
En cuanto a Isabela, ella nunca lo había ofendido directamente. Sin embargo, si no fuera por ella, Elías jamás habría buscado las pruebas para incriminarlo. Ella era la causa, así que también estaba en su lista de venganza.
—Es precisamente porque es demasiado inteligente que me parece sospechoso —murmuró Ulises para sí mismo.
Tal vez su supuesto renacimiento solo había sido un sueño, pero uno demasiado real.
Había investigado a Elías e Isabela, así como a Jimena. Isabela no era como se veía ahora. Su apariencia era la misma, pero su forma de actuar había cambiado por completo; no coincidía con los resultados de su investigación.
Se suponía que Isabela estaba perdidamente enamorada de Elías. Si sabía que él aún amaba a Jimena y que solo la utilizaba, lo lógico era que sintiera celos, se peleara con Jimena y le hiciera un escándalo terrible a Elías. Eso era lo que haría la Isabela cegada por amor.
Pero ella no había hecho nada de eso. Había cambiado, totalmente; parecía otra persona.
Desde que Ulises llegó a Nuevo Horizonte y vio a Isabela en persona, empezó a sospechar que le había pasado lo mismo que a él: o había renacido o había tenido un sueño premonitorio. Aunque a él le daba igual analizar si era un sueño o no.
Lo importante era que no dejaría que la policía lo atrapara otra vez. Ya se había encargado de borrar cualquier rastro de los delitos que había cometido.

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