Vanessa examinó con detenimiento la expresión de su hija.
—Álvaro es muy comprensivo contigo y te respeta muchísimo. No importa lo que quieras hacer, él no dice ni una palabra y te apoya de forma incondicional.
—Si tienen algún problema, háblenlo, no se peleen. Las peleas lastiman la relación y, por más profundo que sea el amor, si discuten demasiado, terminará desgastándose.
—Mamá, Álvaro y yo no nos peleamos.
—Si no se pelearon, entonces, ¿qué pasó?
Isabela se quedó en silencio. Dudó un momento antes de responder en voz baja:
—Esta mañana, mientras íbamos de camino a la playa, recibimos una llamada de la señora Morales diciendo que Carolina había sido secuestrada.
—Carolina había quedado de ir de compras con una amiga, pero apenas se bajaron del auto, unos delincuentes se la llevaron. Su amiga fue golpeada y terminó en el hospital.
—Con algo así, ¿quién tendría ganas de irse de vacaciones? Así que regresamos a la casa de la familia Morales para pensar en cómo rescatarla.
Vanessa dejó escapar un grito ahogado y preguntó llena de preocupación:
—¿Ya la rescataron? ¿Está herida?
Suponía que ya la habían salvado, de lo contrario Álvaro no habría tenido la calma para llevar a su hija de vuelta a casa.
—Ya la rescataron. Físicamente parece que no tiene ninguna herida grave. Cuando le preguntamos si le habían hecho algo más, nos aseguró que no.
Cada vez que se mencionaba la palabra secuestro, a Isabela le invadía el recuerdo de su propia desgracia en su vida pasada.
Cuando a ella la secuestraron, los delincuentes no querían dinero; la querían muerta. Y antes de matarla, abusaron de ella sin piedad y le desfiguraron el rostro, haciéndola morir de la forma más espantosa.
Carolina era joven y hermosa, y nadie podía garantizar que los secuestradores no se aprovecharan de la situación.


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