—Isa, en estos dos días, ¿Elías te ha tratado bien? ¿Cómo te llevas con su familia? —preguntó Jimena, adoptando el papel de cuñada mayor, aparentando estar muy preocupada por la vida de casada de Isabela.
—Si Elías te trata mal, no dudes en venir a decírmelo. Yo te defenderé. Él y yo crecimos juntos, siempre me hace caso.
«Ahí va de nuevo», pensó Isabela. «Mi cuñada, la mosquita muerta, provocándome otra vez».
Sin embargo, en su rostro se dibujó una sonrisa dulce mientras le agradecía a Jimena.
—Gracias, cuñada. Si Elías se atreve a tratarme mal, vendré a quejarme contigo. Para ese entonces, tendrás que defenderme y regañarlo con ganas.
—Por supuesto que lo haré —respondió Jimena, manteniendo su sonrisa amable.
Pero por dentro se preguntaba: «¿Por qué no se enoja? ¿Será que Elías de verdad la ha tratado muy bien estos días?».
—Pero por ahora, Elías me trata de maravilla. Estoy muy contenta con él —dijo Isabela, inclinándose hacia Elías y acurrucándose en sus brazos.
Sintió cómo el cuerpo de Elías se tensaba, así que le dio un pellizco discreto pero fuerte.
Elías sintió el dolor, pero no pudo quejarse. La miró con severidad, pero ella le guiñó un ojo, como diciéndole que cooperara y no la dejara actuar sola.
La mirada de Elías se ensombreció, pero aun así, le siguió el juego. La abrazó con naturalidad y dijo:
—Eres mi esposa y la cuñada de Jimena. ¿A quién más trataría bien si no es a ti?
—Ay, mi amor, me siento tan feliz —respondió Isabela con una sonrisa tímida.
Jimena observaba la escena, ardiendo de ira por dentro.
La señora Méndez, en cambio, sonreía con satisfacción.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda