Perspectiva en tercera persona.
—¡Fuuu… fuuu…! —Holt jalaba aire de forma entrecortada, clavando sus ojos en la figura de Laila sumido en una absoluta incredulidad; sus capacidades cognitivas parecían haber quedado totalmente anuladas.
«Ella… ¿no se suponía que arrastraba la condición de una Omega desvalida e incapaz de empuñar un arma? ¿Bajo qué lógica posee un nivel de fuerza tan descomunal?».
De manera imprevista, una sonrisa dibujó los labios de Laila. Semejante gesto asemejó el destello del sol estival en su máximo apogeo, colmado de brillantez y esplendor. Aquel destello trasladó la mente de Holt de forma instantánea al preciso instante en que contempló la figura de Laila por primera vez.
Se encontraba dedicándole una sonrisa a su padre, exhibiendo una mirada idéntica a la que desplegaba en la actualidad. Una sola mirada bastó para que quedara completamente cautivado, pese a que su edad se reducía a los 12 años en aquel entonces.
Después, al descifrar que el destino la había comisionado en calidad de su compañera predestinada, el júbilo se apoderó de sus días. Se trasladó de inmediato a formalizar la propuesta matrimonial, empeñando su palabra de que velaría por su bienestar por el resto de sus días. Incluso bajo la premisa de que fuera una frágil Omega, se mostraba conforme.
Después sobrevino el período de hostilidades militares que se prolongó por 12 meses. Un sinfín de encrucijadas donde rozó los linderos de la muerte. Aquella vivencia reestructuró sus principios por completo. Comenzó a percibir que la figura de Laila se localizaba a una distancia abismal de sus realidades.
¿Cómo pretendía que una mujer tan delicada y colmada de privilegios se adecuara a las exigencias del cargo de Luna de la Manada Ironclaw? ¿Bajo qué parámetros pretendía que se mantuviera firme a su lado en el frente? Maris representaba una realidad opuesta.
Poseía templanza, agresividad; era una miliciana forjada en medio de las trincheras y el fuego, compartiendo sus mismas vivencias. Destacaba por su brillantez, osadía y desbordaba vitalidad. En lo que respecta a Laila, sus virtudes parecían restringirse exclusivamente a su belleza física.
A decir verdad, la existencia colmada de refinamientos que había disfrutado fue posible gracias a que estrategas de su nivel se desvivieron vertiendo su sangre en el frente para salvaguardar sus privilegios.
No obstante, por la Diosa de la Luna… ¿existía un alma con la capacidad de proveerle una explicación lógica a los eventos que se suscitaban ante sus ojos? ¿Quién era esta loba deslumbrante y poseedora de un poder tan avasallador que permanecía plantada frente a su posición?
—¡Holt! ¡Cesa de dosificar tus energías! ¡Sométela en este preciso instante y apodérate de esos títulos de propiedad! —Los alaridos de su madre restituyeron la lucidez de Holt en un abrir y cerrar de ojos.
Ella permanecía bajo la falsa premisa de que él estaba guardando consideraciones hacia Laila en el combate. Pero la realidad distaba de alinearse con sus conjeturas… El poder de Laila resultaba excesivo.
Poseía una fuerza tal que, incluso unificando las capacidades de diez guerreros de su nivel, difícilmente lograrían doblegarla. Laila dejó escapar una leve carcajada ante las impertinencias de Elara.
—Elara, a estas alturas de la situación, ¿de verdad albergas la certeza de que exista un alma en esta fortaleza con las destrezas necesarias para impedirme retirar el patrimonio que me pertenece legítimamente?
—¡Por supuesto que sí! ¡Mi hijo solo peca de poseer un corazón blando! ¡Esa es la única razón por la cual continúas pavoneándote en nuestras instalaciones! —Elara desbordaba humillación y cólera—. ¡Maldita sea! ¡De no ser porque los estragos de la edad me han privado de mis capacidades combativas, yo misma me encargaría de desmembrarte! ¡Holt, arremete ya! ¡Sométela!
En el preciso instante en que Holt vacilaba sobre el curso de sus acciones, una solemne proclamación resonó desde el umbral de acceso principal:
—¡Decreto real emitido por el Rey Alfa!
Walter Dane, el dignatario de rango Beta que brindaba servicios directos al monarca, se adentró en el recinto escoltado por un contingente de la guardia real. La totalidad de las discusiones cesaron de forma fulminante. Holt se apresuró a avanzar, plantando una rodilla en tierra en señal de sumisión.
—¡Yo, Holt Enclaw, me dispongo a recibir los edictos de Su Majestad con la debida sumisión!


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi Alfa pretende tener dos Lunas? ¡Se acabó para mí!