Perspectiva de Samuel.
¿Acaso la cobardía ha comenzado a regir mis determinaciones? Es una hipótesis que posee coherencia.
«Carezco de las credenciales legales indispensables para involucrarme en sus encrucijadas personales».
Le respondí mentalmente a Griffin, en un sutil intento por persuadir mis propios criterios.
«Ha transitado por el estado civil del matrimonio. Custodiaba un compromiso conyugal con un compañero legítimo. Me veo imposibilitado para estrechar la distancia de forma desmedida; semejante imprudencia solo contribuiría a acarrear tribulaciones e inconvenientes a su porvenir».
«Maldita sea tu timidez afectiva».
Soltó Griffin esgrimiendo un bufido de desprecio.
«Esa mujer se encuentra enteramente desprovista de haber asimilado marca de unión alguna. Mis capacidades sensoriales se ven privadas de registrar la menor emanación de feromonas pertenecientes a macho ajeno en la estructura de su pelaje».
«Existe la enorme posibilidad de que hayan protagonizado un distanciamiento severo».
Repuse tras un prolongado espacio de silencio.
«Pero incluso bajo ese escenario desfavorable, me veo moralmente imposibilitado para instrumentar esa flaqueza con el único fin de inmiscuirme en sus vidas. Semejante bajeza equivaldría a dinamitar la estructura de su núcleo familiar. Y sumado a eso, la figura de Holt fue seleccionada de forma personalizada por los criterios de la propia Luna de la Manada Silvermoon en vida. Le empeñé mi palabra de que velaría por…».
El recuerdo de las solemnes directrices que la madre de Laila me encomendó en el pasado se materializó en mis pensamientos, obligándome a dejar escapar un hondo suspiro al amparo del hermetismo.
«En resumidas cuentas, si me permito exteriorizar un nivel de consideración desmedido y sus criterios interpretan las maniobras de forma errónea, la incomodidad se apoderará de sus gestos. Y me niego en redondo a propiciar un desenlace de esas características».
«De acuerdo. Conduce tus actos bajo los lineamientos que mejor se adecúen a tus temores».
Repuso Griffin entornando los ojos de forma mental antes de sumirse en un absoluto silencio. Di por concluida la deliberación interna respecto al tema. En cuanto las hostilidades bélicas registraron una breve tregua táctica y los oficiales de rango Beta concluyeron con las labores destinadas a la cuantificación de los méritos militares devengados por la plana mayor de los combatientes, comisioné a un emisario con el fin de requerir la presencia inmediata de Laila en las instalaciones de la comandancia suprema.
—Te extiendo mis más sinceras felicitaciones, Laila. Has consolidado la acumulación de una nueva condecoración en tu expediente.
En el preciso instante en que cruzó el umbral de las instalaciones, me vi por completo incapaz de contener mis impulsos, extendiendo la diestra con el pulgar en alto en señal de franco reconocimiento marcial hacia sus alcances.
«¿Acaso no acababas de estructurar un solemne discurso asegurando que debías mantener las distancias y omitir consideraciones desmedidas?».
Murmuró Griffin denotando mofa. Hice caso omiso de sus recriminaciones por completo. Semejante desplante distaba de catalogar como una transgresión de los límites protocolarios; constituía una muestra de encomio estrictamente apegada a los méritos legítimos devengados en el frente.
Me descubrí realizando un escrutinio sumamente minucioso de sus trazas físicas. Las facciones de su rostro se encontraban saturadas por las máculas de los fluidos corporales del enemigo, solidificados a modo de costras oscuras y rígidas sobre la superficie de su piel.
Evaluando su estampa actual frente a las condiciones que exhibía en el momento de registrar su arribo inicial al campamento, el deterioro de su presentación resultaba drástico. En aquella encrucijada previa, los estragos del trayecto y las ventiscas heladas la aquejaban, es verdad, pero su fisonomía irradiaba una belleza deslumbrante e innegable de forma natural.
En la actualidad, a primera vista, sus trazas físicas escasamente permitían identificarla como una hembra lobo adscrita a las filas. Las hebras de sus cabellos constituían un auténtico desastre estético, habiendo adquirido una rigidez pétrea debido al impacto de los fluidos del oponente vertidos durante los encarnizados combates del frente.
Los mechones se entrelazaban describiendo las variables más caprichosas, rehusándose a someterse al menor orden. Las telas de sus indumentarias acusaban desgarros severos, saturadas por completo de humedad, al tiempo que las máculas del hollín y la mugre de las trincheras cubrían la totalidad de sus facciones, viéndose privada de exhibir un solo milímetro de piel limpia en su anatomía.

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