Perspectiva en tercera persona.
Las secuelas de aquellas maldiciones corroían los pensamientos de Maris como veneno de forma constante. Se había visto sumamente afectada ante la rigidez de las maldiciones que brotaron de los labios de aquel macho en el pasado.
Debido a ello, tomó la determinación de coordinar de forma personalizada la ejecución de los castigos destinados a sancionar sus desplantes en las instalaciones. Sopesando que se había tomado la libertad de decretar que las ramas de su descendencia familiar experimentarían una extinción definitiva lunas atrás, resolvió desmantelar sus capacidades reproductivas en primera instancia a modo de correspondencia.
Se dieron a la tarea de usar una hoja metálica de plata con el firme propósito de perpetrar la mutilación total de sus órganos genitales en el patio, ordenando llenar la herida con sedimentos de polvo de plata de gran pureza con el único fin de garantizar que los factores de regeneración biológica de su lobo se vieran imposibilitados para cicatrizar la zona de por vida.
No obstante, semejante nivel de aberración distó de colmar las ambiciones perversas que dominaban sus determinaciones. Los soldados adscritos a sus órdenes procedieron a estructurar un cerco en torno a su anatomía inerte.
Otorgándole el trato que se le confiere a los desechos inmundos de las calzadas, se dieron a la tarea de orinar sobre él, coaccionándolo de forma brutal a comer inmundicias con la perversa motivación de humillar su orgullo forzándolo al silencio de una vez por todas.
No obstante, las capacidades de resistencia de aquel macho superaron con creces las expectativas de sus captores. Incluso bajo semejante nivel de degradación física extrema, su voz rasgada por la ronquera persistía en hacer resonar maldiciones de verdad espantosas y solemnes en contra de la figura de Maris y del porvenir de su estirpe de forma sistemática.
Obnubilada por las ráfagas de la indignación, promulgó la directriz de ordenar clavar pernos rústicos de dimensiones considerables mezclados con sedimentos de plata en diversas secciones de sus articulaciones, estampando «marcas» adicionales sobre las capas de su anatomía de forma permanente.
—¡Garanticen silenciar las impertinencias de su garganta al precio que sea! —rugió fuera de sí en las calzadas.
Existe la enorme posibilidad estratégica de que sus directrices militares hubieran custodiado un nivel de crueldad excesiva para los intereses del frente, es verdad. Cabe la probabilidad de que las huestes hubieran experimentado un brote de pavor ante la fijeza de las maldiciones del estratega, perdiendo la cordura para desatar una carnicería irreversible en las instalaciones a modo de desfogue.
¿Pero qué alma remanente contaría con las credenciales morales mínimas para adjudicarle la responsabilidad penal de los hechos de forma exclusiva a su persona? ¿Quién se abstendría de perder los estribos ante afrentas de semejante palabras?
Lo que jamás cruzó por sus proyecciones fue el hecho de que Silas, el Mariscal indiscutible de las huestes de Solantia, agilizaría el traslado de sus pasos desde las trincheras del frente principal directo hacia las inmediaciones de ciudad Deervale en un abrir y cerrar de ojos.
Al clavar sus ojos en la anatomía mutilada y desarticulada de su heredero, la magnitud de la furia indómita que se apoderó de sus gestos fue de tal envergadura que el cielo pareció experimentar una alarmante opacidad de forma fulminante.
Al límite de las opciones, Silas se vio en la necesidad de estructurar una propuesta de armisticio cuyas ventajas resultaban de verdad desproporcionadas para ser desestimadas por las arcas del reino: cese de las hostilidades de forma fulminante, delimitación de una nueva demarcación fronteriza favorable y el compromiso solemne de que las huestes de Solantia se abstendrían de traspasar los linderos patrios de por vida.
¿La única cláusula condicionante del tratado? Otorgar la libertad al rehén real de forma inmediata. Para los criterios de Maris, semejante desenlace constituía un obsequio que la Diosa de la Luna ponía ante sus manos de forma magnífica.
¿Una mesa de negociación sumamente sencilla cuya consumación se encargaría de catapultar su jerarquía militar hacia los escaños de mayor relevancia en la corte de la capital, enajenando la seguridad de un prisionero al cual ya se había encargado de triturar contra la basura de las trincheras lunas atrás?
…
Semejante logro la hizo considerarse un estratega de alcances excepcionales en su fuero interno. Había permanecido bajo la errónea creencia de que las huestes de Solantia se caracterizaban por su alarmante pusilanimidad, fáciles de doblegar en las mesas de armisticio.
Esas eran las arrogantes conjeturas que dominaban sus análisis en los ayeres de su gloria. No obstante, al verse confrontada de forma directa ante las capacidades de Casper «cuyos ojos caninos guardaban una correspondencia idéntica a las líneas de aquel macho, irradiando ráfagas de un odio de sangre de verdad avasallador», las variables del pavor terminaron por devorar la totalidad de su templanza existencial de forma definitiva.
¿Acaso sus determinaciones la habían conducido a vulnerar la integridad de una dinastía real respecto a la cual jamás debió haber osado interponer sus garras en las trincheras? La atmósfera de la cabaña rústica destilaba un denso aroma que sugería la inminencia de un deceso formal.

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