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Mi Esposo, El Divorcio Está Servido romance Capítulo 10

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Valeria siempre había tenido el sueño muy ligero, pero aún así, siempre le preocupaba que él entrara a tropezones en la oscuridad.

Siempre le dejaba un vaso con agua en el buró.

Su camisa impecable para el día siguiente siempre estaba colgada en el perchero.

A veces, incluso cuando ella ya estaba dormida, al escuchar la puerta se sentaba medio adormilada y le preguntaba: «¿Ya llegaste? ¿Quieres que te caliente algo de cenar?».

Antes, a Lorenzo le parecían frases increíblemente repetitivas.

Incluso le fastidiaban.

Pero esta noche, la habitación estaba tan fría y silenciosa que parecía que nadie hubiera vivido ahí en años.

No había vaso de agua en el buró.

La lámpara estaba apagada.

Ese suave aroma a pera y jazmín que ella siempre dejaba en el aire parecía haberse esfumado con la noche.

Lorenzo entró y encendió las luces.

La habitación seguía exactamente igual.

La ropa de Valeria seguía en el clóset, sus cremas seguían en el tocador, y el libro de artículos médicos que siempre leía antes de dormir seguía sobre la mesita de noche.

No se había llevado casi nada.

Ese pequeño nudo en el estómago de Lorenzo por fin cedió un poco.

Tenía razón; solo estaba haciendo un drama.

Se aflojó la corbata y entró al baño.

Pero, mientras caía el agua caliente de la regadera, en su mente no dejaba de repetirse la imagen de Valeria dándose la vuelta en el pasillo anoche.

Con esa caja apretada contra el pecho, sin llorar, sin gritar y sin mirar atrás ni una sola vez.

Lorenzo cerró los ojos con fuerza.

Seguramente él le estaba dando demasiada importancia.

Valeria jamás tendría el valor de dejarlo.

***

En el Condominio del Río, las luces siguieron encendidas hasta la madrugada.

Valeria seguía sentada en el escritorio, repasando por enésima vez los documentos del proyecto de Sistemas Médicos Nova.

La nueva generación de equipos de asistencia cardiovascular estaba en una fase crítica, pero varios de los parámetros centrales seguían siendo inestables. Llevaba tanto tiempo alejada de la industria que necesitaba absorber y actualizar años de tecnología perdida en cuestión de horas.

A las dos de la mañana, la pantalla de su celular se iluminó.

No era Lorenzo.

Era Julián Vaca.

[¿Segura que quieres ir mañana a la reunión técnica en el corporativo de los Castillo?]

Valeria se quedó mirando ese mensaje y sus dedos se detuvieron sobre el teclado.

Castillo.

Ese apellido se sentía como una herida vieja; si la tocabas, todavía ardía un poco.

Pero solo era un ardor pasajero.

Ella respondió:

[Segura.]

Julián le contestó casi al instante.

[Si te incomoda, puedo enviar a otra persona.]

Valeria leyó el mensaje y, de pronto, sonrió.

El doctor Vaca siempre era así.

Nunca tomaba decisiones por ella, ni la obligaba a hacer cosas bajo el pretexto manipulador de «es por tu propio bien».

Simplemente le devolvía el poder de elegir.

Qué diferencia tan abismal con Lorenzo.

Lorenzo jamás le preguntaba si algo la incomodaba.

La familia Castillo jamás le preguntaba si estaba de acuerdo.

Capítulo 10 1

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