Valeria no durmió.
Se sentó frente al escritorio y comenzó a organizar cuidadosamente su identificación, el acta de matrimonio, las pruebas de bienes previos a la boda, el acta de nacimiento de Diego y todos los expedientes médicos que demostraban que ella había sido la encargada de cuidarlo todos esos años.
Al llegar al historial médico de Diego, sus manos se detuvieron un momento.
Era una carpeta gruesa, llena de huellas de todas las veces que corrió de urgencia a un hospital por su hijo.
En cada receta, en cada orden médica, la firma del responsable siempre era la de ella.
El nombre de Lorenzo Castillo apenas y aparecía un par de veces.
Y, sin embargo, a pesar de todo, había decidido que en el acuerdo de divorcio de mañana no pelearía por la custodia.
No era por falta de amor.
Era porque finalmente había comprendido que amar no significaba arrancar a un niño a la fuerza de su entorno, ni seguir consumiendo su propia vida solo para ganarse el título de «la mejor mamá del mundo».
Le daría tiempo a Diego.
Y también se daría tiempo a sí misma.
A las diez en punto de la mañana siguiente, Valeria entró al despacho del licenciado Cortés.
Cuando el abogado la vio llegar, no pudo ocultar su sorpresa.
Probablemente esperaba que, después de una noche entera para pensarlo, ella llegara llena de dudas.
Pero Valeria no titubeó.
En cuanto tomó asiento, lo primero que dijo fue:
—Quiero que el acuerdo sea lo más rápido y simple posible.
El licenciado Cortés deslizó una carpeta frente a ella.
—Preparé un borrador inicial. Su patrimonio previo al matrimonio queda intacto. Los bienes adquiridos durante el matrimonio se dividirán según la ley. Sin embargo, el tema de las acciones del Corporativo Castillo es bastante complejo. Mi recomendación legal es que no renuncie a ellas tan fácilmente.
Valeria abrió la carpeta.
Las letras negras sobre el papel blanco le lastimaban los ojos por su claridad.
Parte A: Lorenzo Castillo.
Parte B: Valeria Montalvo.
Al ver esos dos nombres escritos uno al lado del otro, sintió una ironía amarga.
En seis años de casados, los únicos lugares donde siempre habían estado juntos sin excusas eran en este tipo de documentos legales.
—No quiero las acciones —dijo Valeria.
El licenciado frunció el ceño:
—Señora Castillo, no estamos hablando de cualquier cantidad de dinero.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué dejaría...?
Valeria levantó la mirada y lo interrumpió:
—Porque quiero salir de esto lo más rápido posible.
El abogado se quedó en silencio.
Después de unos segundos, asintió con pesadez: —¿Y respecto a la custodia del niño?
—Se la cedo temporalmente a Lorenzo —contestó Valeria—. Pero exijo un régimen de visitas fijo, y que quede estipulada la cláusula de que mantengo el derecho a solicitar la custodia definitiva más adelante.
El licenciado Cortés la miró a los ojos, adoptando una postura aún más profesional.
—¿Está completamente segura de esto?
Valeria asintió despacio.
—Completamente segura.
Al pronunciar esas dos palabras, sintió como si una cuerda invisible que la ahogaba terminara de romperse.
No sintió dolor.
Solo sintió un vacío absoluto.
Revisaron un par de correcciones más.
A las doce y media de la tarde, Valeria firmó la última página del acuerdo.
Valeria Montalvo.
Mientras trazaba las letras de su firma, no derramó ni una sola lágrima.
Solo recordó, de manera fugaz, el día que firmó su acta de matrimonio sentada frente a Lorenzo.
Ese día él estaba tan ocupado que, en cuanto salieron del registro civil, contestó una llamada y le ordenó al chofer que la llevara a casa a ella sola.
Ella se había quedado sola en la parte trasera del auto, mirando el acta de matrimonio por mucho tiempo.
En la foto, ella sonreía radiante.
Pero Lorenzo solo miraba la lente con indiferencia, como si estuviera cumpliendo un trámite corporativo más.
Resulta que, desde el mismísimo día de su boda, la única que había estado feliz era ella.
—Señora Castillo, ¿cómo prefiere que le hagamos llegar el documento al señor Lorenzo? —preguntó el abogado.
Valeria tapó la pluma.

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