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¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 201

En ese momento, las puertas de la residencia Canizales terminaron destruidas y un grupo de hombres vestidos de negro entraron. El hombre que parecía ser el líder emitía un aura de superioridad, como si se tratara de un rey listo para entrar en batalla; su sola presencia hacía que las personas cercanas a él se alejaran con terror.

—¿Quiénes son? ¿Cómo se atreven a irrumpir en la residencia Canizales? —Los guardias de seguridad de la familia quisieron detenerlos, pero fue imposible debido a que los superaban en número; lo peor fue que los hombres de negro estaban muy bien entrenados y no fueron rivales para ellos.

Después de pelear por un tiempo, todos los guardias de la familia Canizales terminaron en el suelo y Natán guio a sus hombres dentro de la casa; cuando se encontró con el mayordomo dijo de inmediato en tono demandante:

—¿En dónde está Cristina?

El mayordomo se asustó de inmediato.

—En el sótano —respondió.

Y como si se tratara de un pedazo de basura, Natán lo empujó y se dirigió a la habitación de abajo. Sin embargo, el mayordomo aprovechó la oportunidad para llamar al jefe de la familia, Draco Canizales, e informarle sobre lo que estaba sucediendo.

—¡Señor Canizales! ¡Algo terrible acaba de suceder! ¡Varios hombres entraron a la residencia y la vandalizaron!

—¡¿Quién tiene el valor de hacer algo así?! ¡Iré de inmediato!

Dio la casualidad de que Draco estaba almorzando con unos amigos de Jadentecia, quienes tenían vínculos en los círculos bajos y clandestinos de la ciudad, así que, cuando supieron que había problemas dentro de la residencia de la familia Canizales, no dudaron en ofrecer su ayuda y dar una lección a esas personas. El hombre aceptó de inmediato su apoyo y se apresuraron a regresar a su casa.

Mientras tanto, Natán encontró rápidamente el sótano y en cuanto abrió la puerta, el hedor cobrizo de la sangre ingresó por sus fosas nasales; enarcó las cejas y la inquietud lo invadió.

—¿Cristina? —preguntó por la bajo.

La mujer estaba acurrucada en un rincón de la habitación, y no fue hasta que Natán se acercó a ella corriendo, que Cristina notó su presencia.

—Creo que asesiné a alguien —dijo ella. Aunque no estaba segura de sus palabras, sabía que Walter no había dejado de sangrar.

A lo que Natán se acercó para revisar al hombre y pronto dio su veredicto:

—No está muerto. —La realidad es que ni siquiera le importaba si Walter estaba vivo o no, ya que Cristina actuó en defensa propia. Entonces, Natán se quitó la chaqueta y la colocó sobre los hombros delicados de la mujer y la tomó entre sus brazos—No te preocupes, es hora de irnos a casa.

Cristina asintió con la cabeza, pero jamás esperó que el hombre irrumpiera en esa casa solo para salvarla. Justo cuando estaban llegando a la sala de estar, se encontraron con Abigail, quien recién había regresado.

—¿A dónde crees que vas, zorra? —soltó la mujer. Había planeado mantener a Cristina encerrada y sin comida, para que, cuando hubiera perdido todas sus fuerzas, pudieran torturarla hasta la muerte.

En ese momento, Cristina se congeló.

«¡Esta es la mujer que me trajo aquí!».

La expresión de Natán era fría y dura, de él irradiaba un aura invernal que sería capaz de congelar todo lo que estuviera a su paso; en eso, el hombre exclamó lleno de furia:

—¡Es increíble que la familia Canizales tuviera las agallas de lastimar a mi mujer!

—¡Fue tu mujer quien lastimó a mi hijo primero! ¡No sabes lo que estás diciendo! —respondió Abigail, quien no se sentía arrepentida de sus acciones.

«¡Esa mujer comenzó todo!», pensó la madre de Walter.

—Mamá, ayúdame... —de pronto, una voz débil llenó el aire. Se trataba de Walter, quien se había arrastrado hasta el primer piso a pesar de tener las piernas rotas; su rostro también estaba hinchado y sus brazos malheridos. Se veía como un juguete al que habían destrozado.

Cuando Abigail miró a su hijo corrió en su dirección angustiada.

—Walter, ¿qué te pasó? ¿Por qué estás tan herido?

—Fue Cristina, ella me hizo esto. Mamá, ayúdame... —Antes de que el hombre pudiera terminar su oración, se desmayó debido al dolor.

Al verlo en ese estado, Abigail ordenó que de inmediato lo llevaran a su habitación para que pudiera descansar.

Poco después, los motores de varios autos se hicieron escuchar a las afueras de la residencia, y cuando Abigail se dio cuenta de que su esposo había regresado, se llenó de felicidad.

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