«¿Es Magdalena? ¿Habrá sido ella?».
Ni Cristina o Magdalena eran el enfoque de la fotografía, pero se podía observar que Magdalena estaba filmando a Cristina con su teléfono desde una esquina.
«No me digas que ella organizó todo este problema otra vez...».
Cristina sabía que Magdalena siempre buscaba una manera de perjudicarla, pero jamás imaginó que sería capaz de llevar las cosas tan lejos.
«Si no hubiera sido porque Natán llegó justo a tiempo a salvarme, la familia Canizales me habría torturado hasta la muerte; ¡no puedo permitir que se salgan con la suya!».
Entonces, Cristina guardó la fotografía para sí misma porque no tenía planes de ir contra Magdalena todavía. En eso, la puerta de su habitación se abrió y entró Natán con una taza de chocolate.
—Toma, es chocolate, es para que te relajes —dijo el hombre.
—¿Quién te dijo eso? ¿Por qué no sabía que ayudaba a relajarse? —Después de tomar la taza, la chica dio un sorbo. La bebida era dulce y humeante y pronto se inundó de su calidez.
Despistado, Natán admitió:
—No sé, eso me dijo la mucama.
«Le dije que Cristina tuvo un susto muy fuerte y preparó una taza de chocolate caliente, la mujer estaba segura de que haría maravillas con ella».
Esa afirmación hizo que Cristina soltara una pequeña risa. Entonces dejó la taza y se acercó a él murmurando:
—Ya me pagaron, ¿qué tal si te doy un regalo?
—¡Claro! —respondió él.
Entonces la mujer sacó su tableta y abrió la aplicación de compras.
—Esta página se especializa en relojes para parejas, elige el que más te guste.
Los relojes costaban decenas de miles como mínimo, pero eran muy baratos comparados con los que el hombre normalmente portaba, los cuales tenían un valor de hasta millones.
—Esto es lo mejor que puedo pagar, te compraré algo más caro cuando gane más dinero —añadió Cristina con una sonrisa y en sus ojos se podía ver su honestidad.
A lo que Natán le dio una pequeña palmada en la cabeza.
—Yo los compraré, tú puedes guardar tu dinero —respondió Natán.
—Está bien, pero este sí lo pagare yo —dijo ella, ya que desde hace tiempo había querido darle un regalo como muestra de su amor. Sin embargo, la idea abandonó su mente pronto, ya que no consideró apropiado que el hombre llevara consigo un reloj barato.
—Ya es tarde, deberías irte de dormir —intervino Natán mientras la abrazaba. La fragancia femenina de la chica flotaba en el aire, perfumando el ambiente con su agradable aroma.
El hombre la llevó hasta la cama en sus brazos y Cristina se quedó dormida acurrucada contra su pecho como si fuera un gatito.
A la mañana siguiente, Silvana llegó a la Mansión Jardín Escénico pues se había enterado de todo lo que sucedió la noche anterior. Evidentemente, Natán había estado demasiado furioso y por eso fue capaz de entrar a la mansión de los Canizales sin su permiso y se llevó a Cristina.
—Se supone que Natán suele desayunar a las ocho de la mañana, ¿por qué no ha bajado todavía? —Silvana no pudo evitar hacerse esa pregunta porque eran casi las nueve.
Justo cuando Raymundo estaba a punto de responder, se escucharon varios pasos viniendo de las escaleras; Natán estaba bajando junto con Cristina de la mano. Al verlos tan cariñosos, Silvana no pudo evitar enojarse. Además, ese día estaba ahí para interceder por la familia Canizales y no podía irse sin cumplir con su tarea.
—Natán, sobre lo que pasó con la familia Canizales, ¿podrías olvidarte de lo sucedido? —preguntó ella con calma. Después de todo, Abigail aprobó que llevara a Cristina.
A lo que Natán tomó la mano de Cristina dándole una fuerte sensación de seguridad.
—No deberías preguntarme eso, en su lugar, deberías preguntarle a mi esposa qué es lo que quiere hacer.
De inmediato, la expresión de Silvana cambió por completo.
«¿Quiere que me rebaje y haga las paces con ella? ¡Eso es imposible!».
Entonces regresó el recibo a dónde lo había encontrado y se dio la media vuelta para irse. Durante los siguientes días estuvo de muy buen humor, tanto que quien no la conociera pensaría que se había ganado la lotería. Mientras tanto, la mujer contaba los días.
«Se supone que el reloj ya debía haber llegado, ¿por qué no me lo ha dado?», se preguntó.
Esa misma tarde, Magdalena se dirigió a la oficina del presidente con algunos papeles. Por pura casualidad, es mismo día Cristina había ido a visitar a Natán, la mujer llevaba una blusa blanca y su larga melena caía por toda su espalda llegando hasta su cintura, mientras que sus largas y esbeltas piernas quedaban al descubierto bajo una falda rosa plisada. Los ojos de Cristina eran claros y su piel tan blanca como la nieve, todo eso en conjunto la convertían en una diosa.
—¡Date prisa! Prometiste que pasaríamos la tarde juntos —dijo Cristina con una mano en la cintura.
Al mismo tiempo, Magdalena ingresó a la oficina echando humos, pues le molestaba ver el alboroto que Cristina estaba armando.
«¡Ella solo sabe divertirse! ¡¿Acaso no sabe que el señor Herrera siempre está ocupado y con mucho trabajo por hacer? E incluso si estuviera libre, debería descansar, es tan desconsiderada».
—Señor Herrera, hay algunos documentos que debe revisar —comentó Magdalena en voz baja.
—Déjalos ahí —respondió él con cierta indiferencia.
De inmediato, Magdalena se molestó, pero a pesar de eso se mostró tranquila. Mientras tanto, con su visión periférica, Cristina notó la mirada oscura que atravesaba los ojos de la mujer.
«Es muy buena disimulando, no me sorprende que él no se haya dado cuenta todavía».
Con eso en mente, Cristina se acercó a ella y le enseñó el reloj que llevaba en su muñeca.
—Señorita Magdalena, ¿qué le parece mi reloj? —preguntó Cristina.
De un vistazo, Magdalena se dio cuenta de que era el reloj de la misma marca que había visto en el recibo el otro día.
«¿Cómo? ¿O sea que Natán no compró ese lejos para mí sino para ella?».
La mujer sintió como si le hubieran encajado un puñal en el corazón, el dolor era tan insoportable que apenas y podía respirar, sin embargo, tuvo que disimular lo que verdaderamente estaba sintiendo.

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