—No soy como ella… Solo recupero lo que es mío —murmuró Francisco mientras se le oscurecía la mirada, como si se hablara a sí mismo. Luego, alzó la cabeza y añadió—: Eso es algo entre nosotros. No tienes por qué molestarte con ello.
—¿Cómo esperas que no me moleste? Es mi esposo. Ustedes traman lastimar a alguien importante para mí.
La mirada de Cristina era inquebrantable: «¿Cómo podría pasar eso por alto? Todo lo que puedo hacer es estar en guardia hasta que tenga evidencia clara».
Ante su respuesta, Francisco sintió que lo apuñalaron en el pecho con una daga y se le dificultó respirar: «No sé desde cuándo llevo pensando a menudo en la cara delicada de Cristina; por desgracia, a ella solo le importa Natán. Él y yo formamos parte de la familia Herrera, pero ¿por qué solo él merece quedarse con el apellido?».
En ese momento, se escucharon pasos que venían del pasillo, haciendo que a Francisco se le hundiera el corazón. Entonces, le surgió un pensamiento malvado, así que caminó hasta estar frente a Cristina. Cuando la tomó del mentón con gentileza, le susurró:
—Cristina, si algún día te das cuenta de que él no es tan bueno como pensabas, ten presente que tengo los brazos abiertos cuando quieras.
Ella le apartó la mano: «¿Qué tonterías dice ahora?».
—Debes darte prisa e irte. Si los encuentro haciendo un complot en contra de Natán, no dudaré en exhibirlos. —Cristina dejó firme su posición, indicando que estaba del lado de Natán y en desacuerdo con ellos.
Los pasos se escuchaban más cerca y, de pronto, una voz áspera exclamó:
—¡¿Qué crees que haces?!
—Lo que ves es lo que está sucediendo. ¿No es obvio? —Francisco no tenía intención alguna de apartarse. Estaba de pie muy cerca de Cristina, su aliento persistía en el pequeño espacio que los distanciaba. Desde atrás, parecían estar muy cerca del otro; era la clase de proximidad que tenían quienes se aman.
La mirada de Natán enseguida se tornó tempestuosa, corrió hacia él de prisa y lo tomó del cuello de la camisa, empujándolo hacia delante. En un abrir y cerrar de ojos, los dos hombres de altura parecida forcejeaban entre sí.
—¿Acaso no te advertí que te alejaras de lo que me pertenece? ¿Por qué insistes en meterte en problemas? —Sin desperdiciar su aliento hablando de más, Natán le dio un golpe a Francisco. Se escuchó un fuerte golpe de un puño contra su objetivo, el cual hizo eco en la oficina espaciosa.
De inmediato, a Francisco le comenzó a sangrar la esquina de la boca, pero no parecía dar señalas de retraerse y contratacó.
—¿A qué te refieres con que te pertenece? Solo es tuya por el momento. ¿Quién dice que no será mía en el futuro?
—¡Tú te lo buscaste!
Justo así, estalló una pelea entre ambos hombres. Natán había practicado boxeo antes, así que sus golpes eran duros y poderosos. A simple vista se notaba que Francisco no era rival para él. Cristina, sorprendida al verlos golpearse, les gritó para que se detuvieran:
—¡Ya basta! ¿Por qué no pueden hablar de manera civilizada? —Sus palabras fueron en vano, ya que la pelea se puso más intensa. Ninguno soltaba al otro y estaban determinados a luchar hasta la muerte.
Mientras tanto, Sebastián se puso nervioso cuando vio la situación. Quería detener su pelea, pero no se atrevía: «Nunca había visto al señor Herrera luchar con tanta ferocidad. Parece que no se detendrá hasta que su oponente esté fuera de combate. Ahora que lo pienso, a juzgar por la fuerza que usa cuando practico con él en el gimnasio de boxeo, es suave conmigo; de lo contrario, ya me habría hecho papilla…», pensó, sintiendo un escalofrío.
—¡Dejen de pelear! ¡Alguien saldrá lastimado si siguen!
De pronto, se vio un manchón de color carmesí y el aire se llenó de olor a sangre, la cual no se podía determinar de quién era. Cristina se apresuró a envolver a Natán con sus brazos, usando su espalda para protegerlo.
Aunque Francisco iba a devolverle el golpe, le preocupaba lastimarla y bajó el puño. Tenía moretones ensangrentados en las esquinas de sus labios y ojos; lo habían golpeado dos veces en el pecho, haciéndolo tener un ataque de tos y escupir una gran cantidad de sangre.
«Ya no es un niño. ¿Por qué resuelve sus problemas con violencia?».
Natán estiró sus brazos y la abrazó. Su oscura mirada se puso más intensa cuando le dijo:
—No es tan inofensivo como crees. No quiero que vuelvas a hablarle.
—De acuerdo. Él fue quien vino a buscarme, pero seré más cuidadosa en el futuro —respondió, reconfortándolo como a un niño. De pronto, ella sintió cómo él la tomó de la cadera.
—¿En serio no lo viste a escondidas? —preguntó con un tono frío, como si la interrogara, a lo que ella negó con la cabeza.
—Ya te dije que no fue así —le contestó con calma—. ¿Acaso no me crees?
—Te creo, pero recuerda nunca mentirme. —La abrazó y no la soltó. Sus palabras eran como una advertencia y una restricción.
—Te preocupas demasiado. ¿Por qué te mentiría? —Cristina se llevó la palma de la mano a la frente, frunciendo un poco el ceño. En su opinión, la lealtad debería expresarse mediante acciones y autocontrol, no solo con palabras.
Al no recibir la reafirmación que él buscaba, sintió que le hervía la sangre, haciendo que lo rojizo en su ojo se notara más. Alzó la mano y la tomó del mentón con fuerza, causándole dolor a propósito.
—¡Suéltame! ¡Me duele! —gruñó, haciendo una mueca.
La mirada fría de Natán se enfureció al acordarse de Francisco de pie tan cerca de ella cuando abrió la puerta: «Parecía que se estaban besando…».

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