—Puedes buscarte a otro diseñador si no confías en mí —la retó Cristina, alzándole la ceja. Ella nunca pondría en peligro su reputación con un diseño deficiente.
—Bueno, no tengo prisa y estoy segura de que trabajarás en el diseño hasta que yo esté satisfecha, ¿no? —respondió Geneva, quien había atestiguado su talento en el pasado; de lo contrario, no se le habría acercado.
«Además, ahora no puedo encontrar un mejor diseñador…».
—Entonces, no se preocupe. Aun así, me siento obligada a recordarle que el diseño me tomará algo de tiempo. —El proceso de diseño de un vestido no se limitaba a la fase de boceto. Tras rondas de edición y el visto bueno del cliente, quedaba el paso final de coser el vestido desde cero.
Cuando aún trabajaba para el Corporativo Radiante, Cristina siempre tuvo la sensación de sacrificar la calidad por la cantidad. En cambio, las cosas eran diferentes ahora: podía retocar cada aspecto del diseño hasta quedar satisfecha, en lugar de dejarlo en manos de otro departamento o compañero.
—No tengo prisa. —Geneva examinó el estudio vacío y añadió—: Y como tu estudio acaba de abrir, supongo que, de momento, soy tu única clienta. —Cristina le sonrió con timidez; de hecho, aún le quedaba mucho trabajo por hacer antes de que su estudio estuviera a pleno rendimiento. Antes de poderle responder, Geneva sonrió con gracia y le ofreció—: Si necesitas más publicidad, estaré encantada de hacerte un par de fotos promocionales. Te haré un descuento.
A Cristina le brillaron los ojos de placer: «No me extraña que sea una celebridad tan popular». La astucia de Geneva era impresionante. Cristina supuso que la otra debió de haber reconocido su talento por el vestido de Coco y quería entablar una relación estrecha de trabajo con ella.
—Como sabes, mi estudio acaba de abrir —murmuró Cristina, pensativa, apoyando la mandíbula en un brazo—. Todavía tengo que hacer frente a un montón de gastos… De hecho, Coco se ofreció a que le hiciera las fotos gratis.
—Coco apenas puede considerarse del mismo nivel que yo, ¿cierto?
Su respuesta enmascaraba el pánico y la frustración de Geneva ante la mera posibilidad de que otra persona le arrebatara sus elogios y popularidad en la industria del cine. Aun así, tenía su orgullo y no se dejaría vencer tan fácil: «Por esa razón es que estoy aquí engatusando a Cristina».
—Tienes toda la razón. Tú tienes más experiencia, ya que llevas más tiempo que ella en la industria —respondió Cristina con sinceridad y su halago le funcionó.
Geneva salió del estudio de buen humor, hasta le prometió:
—Bien, si quieres que lo haga, te haré las fotos publicitarias gratis. —Con esta expresión daba a entender que Cristina había hecho un gran negocio.
Cristina se apresuró a guardar toda la información y le agradeció a Geneva el apoyo como celebridad en su primer pedido. Después, registró el sitio web oficial de su empresa y su cuenta de Twitter. Pasó la mañana pegada a la computadora y configuró los canales de las redes sociales; era hora de crear contenido. Sin fotos, las palabras por sí solas no llamarían la atención del público.
Cristina no podía utilizar ninguno de sus diseños anteriores, de cuando trabajaba en el Corporativo Radiante. Aunque las fotos del vestido de Coco eran una opción viable, el material era, de manera deprimente, escaso. Decidió sacar algunos diseños originales como escaparate de su nuevo estudio.
En poco tiempo, le llegó la inspiración y comenzó a dibujar con furia en su escritorio. Por la noche, una llamada telefónica la interrumpió. Cristina, distraída, contestó y se escuchó la voz de una mujer en el teléfono:
—Hola, ¿su estudio necesita una asistente? Tengo experiencia laboral.
—Sí, le enviaré la dirección. Ven a una entrevista cuando estés libre. —Mientras hablaba, Cristina alzó la vista y observó su estudio desordenado. El suelo necesitaba de buena limpieza.
«En serio me hace falta una asistente cuanto antes».
—Puedo ir ahora mismo —respondió la persona que llamaba.
—Estupendo. Te espero en la oficina. —Cristina colgó y envió la dirección del estudio a la otra persona. Tras la llamada, se volvió a concentrar en sus bocetos. Está motivada para trabajar porque estaba creando los diseños para sí misma.
Aquella noche, aparecieron una serie de bocetos exquisitos de vestidos de noche sobre su mesa. Los colores y el corte de cada diseño eran impecables; los vestidos eran tan magníficos para un gran desfile de pasarela. Cristina estiró los músculos adoloridos justo cuando sonó el timbre. Abrió la puerta, en donde vio a una mujer alta y delgada, vestida con ropa informal, pareciendo que no iba vestida para una entrevista.
—Hola, soy Rita Muñoz. Hablé con usted por teléfono para preguntarle por el puesto de asistente. ¿Usted es la jefa de este estudio?
Era extraño que alguien la llamara jefa por primera vez, pero Cristina prefirió no pensar en ello y respondió:


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¿Mi esposo es mi amante secreto?