Sara sabía muy bien cuál era la preocupación de Cristina.
—También es mi primera vez en Jadentecia. No conozco a nadie aquí. Dame tu número en caso de que necesite ayuda con algo.
—E-Está bien…
Cristina no podía encontrar una buena razón para rehusarse, así que tomó el número de Sara y escribió en su teléfono el suyo.
Si Sara llegase a preguntar por cosas como la dirección hacia algún lugar, Cristina no tendría problema ayudándola. Si llegara a tener otras intenciones, Cristina tendría más opción que rehusarse.
Tras guardar el número de Cristina, Sara regresó a su lugar.
Justo en ese momento, Lorena regresó del baño y conversó un poco las dos mujeres antes de subir con Cristina a su habitación.
Cuando Cristina entró a la suite presidencial de casi doscientos metros cuadrados, apenas y había espacio para caminar.
—Señorita Soler, ¿planea quedarse en la ciudad por mucho tiempo?
Había zapatos por todos lados y al menos veinte bolsas de compras estaban regadas por el piso.
«Parece que hizo algunas compras compulsivas otra vez».
Cristina ya había acompañado a Lorena de compras en un viaje de trabajo, así que sabía cómo era comprando. En aquella ocasión, terminó comprando casi toda la tienda.
—No, me voy en un par de días. Tengo una exhibición en Bincresta para la que me he estado preparando desde hace tiempo. En realidad, abrí un espacio en mi agenda para venir a verte antes de dirigirme allá.
Lorena entró por el pasillo y se quitó los aretes antes de cambiarse de ropa.
Cristina fijó su vista en la mujer de cuarenta años; su figura se veía tan bien que Cristina sintió envidia de su cuerpo.
Lorena era una persona que cuidaba mucho de su alimentación y su consumo de calorías. No como Cristina, quien comía lo primero que se encontraba cuando tenía hambre.
Acto seguido, Cristina comenzó a levantar cajas del suelo y a ponerlas en las maletas que ya estaba llena de cosas, muchas de las cuales captaron la atención de la mujer.
Lorena, quien se había servido un poco de vino, miró a Cristina ocupándose en la habitación mientras ella se echaba un trago de su bebida.
—Ahora eres una ganadora y te has hecho un nombre en la industria. No te pongas a acomodar cosas como si fueses mi asistente. ¡Es una pérdida de tiempo!
—Es gracias a usted que logré alcanzar tal hazaña. Además, no tiene nada de malo que un aprendiz cuide de su mentor —respondió Cristina; hacer esto no le causaba ningún tipo de vergüenza.
La primera vez que se ofreció a ayudar a Lorena a preparar su maleta, metió cosas al azar sin organizar nada. Debido a esto, cada que abrían una maleta parecía como estar abriendo cajas sorpresa. Incluso después de abrir siete u ocho maletas, seguían sin poder encontrar nada. Había muchas cosas en todos lados y tuvieron que salir corriendo al escenario.
Cristina recordaba con claridad lo nerviosa que estaba en ese momento. Si Lorena la hubiese regañado después de todo el tormento, habría no solo tirado la toalla, sino que habría salido corriendo. Pero, para su sorpresa, Lorena pasó toda la noche enseñándola a organizar las cosas.
Esta era una memoria que atesoraba con mucho cariño.
Desde entonces, Cristina aprendió a acomodar las cosas de manera ordenada.
Lorena sonrió; sabía que había elegido a la persona correcta.
—Gracias, ganadora.
Las mujeres estaban conversando un poco cuando oyeron que alguien tocaba a la puerta.
—Señorita Soler, ¿ordenó algo de cenar?
Cristina notó que Lorena no había comido nada y ahora solo estaba tomando vino.
—No. Deja echo un vistazo.
Al abrir la puerta, Lorena se encontró a un hombre alto frente a ella.
El hombre vestía una camisa de gama alta y un traje hecho a la medida. Su apariencia era cien veces mejor que la de un modelo. Además, era mucho más encantador que la gente ordinaria.
—¿Qué tal? ¿A quién busca? —preguntó Lorena al tiempo que lo inspeccionaba de pies a cabeza.
Encontrarse con alguien tan atractivo como él no era algo que pasara todos los días. ¿Cómo podría Lorena desperdiciar la oportunidad de echarle un buen ojo?
Natán estaba molesto de tener a alguien observándolo de tan cerca.
—Vengo por Cristina.
Al oír su profunda y atractiva voz, Lorena pensó que no era justo que un hombre fuese bendecido con una apariencia casi perfecta y una voz tan magnética.
«Un momento. ¿Viene por Cristina?»
Antes de que Lorena pudiese recobrar el sentido, Natán ya se había adentrado a la suite presidencial.
—¡Oye! ¿Cómo te atreves a entrar a mi habitación? En ningún momento te di permiso de entrar.
—Cristina, ¿es este tu novio?
Tras darse cuenta de lo que pasaba por la mente del hombre, Lorena estaba sorprendida.
Natán frunció el ceño y dijo:
—¡Soy su esposo!
Luego, tomó a Cristina y la abrazó contra su pecho como si estuviera estableciendo su dominación sobre ella.
Cristina sentía su rostro caliente.
«¿Qué está haciendo? ¿Por qué está celoso de la señorita Soler? ¡Ni siquiera es hombre!»
Esta noticia le cayó como un balde de agua fría a Lorena.
—Cristina, ¿cuándo te casaste?
No podía creer que no tenía ni idea de que su aprendiz se había casado.
A Cristina casi se le salía el corazón del pecho; no sabía cómo responder a la pregunta y se limitó a decir:
—Es algo complicado. Lo explicaré en otro momento. Por ahora, dejaremos de perturbarla para que descanse. Regreso el día de mañana para terminar de organizar el resto de las cosas.
Mientras pronunciaba estas palabras, Cristina empujaba a Natán hacia la puerta.
Natán frunció el ceño y echó un vistazo al desastre en el piso.
«¡Qué mujer tan atrevida! ¿Quién se cree que es como para darle órdenes a mi esposa?»
—¿Quién te dijo que la ayudaras a guardar sus cosas?
Lorena alcanzó a oír esto y perdió los estribos.
—¿De qué demonios estás hablando? No creas que por ser bien parecido no voy a decirte las cosas como son. ¿Qué tiene de malo que le pida a mi aprendiz que me ayude a guardar mis cosas?
Al ver que los dos estaban por comenzar una gran pelea, Cristina sacó a Natán por la fuerza de la habitación tan pronto como pudo y cerró la puerta sin antes decir:
—Descanse, señorita Soler. La veo mañana. Buenas noches.

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