Una vez en el auto de camino a casa, Cristina cruzó los brazos y miró a Natán molesta.
—¿Cómo supiste que estaba en el hotel?
«Estoy muy segura de que no le dije nada sobre esto. ¿Acaso pidió a alguien que me vigilara?»
Natán, quien no tenía intenciones de ocultarle nada, confesó:
—Me preocupa tu seguridad. ¿Qué pasa si vuelves a encontrarte en problemas?
Su respuesta la redó sin palabras por un momento.
El hombre extendió sus dedos para acariciar su rostro, pero ella se movió para esquivarlos. Luego, lo miró seriamente; estaba muy enojada y agraviada.
—De todas maneras, no debiste haber hecho eso. Pudiste haberme llamado. No me gusta que me monitoreen de esa manera.
«¿Y a quién le gustaría? Siento como si no tuviese ningún tipo de libertad».
Natán bajó la vista de manera que pudiese encontrarse con sus ojos brillantes y claros; la expresión inocente en el rostro de la mujer, cual animalito en estado de estrés, le ablandó el corazón.
—Sé que no te gusta. Les diré que dejen de seguirte.
—¿De verdad? —sus ojos se iluminaron.
—Sí. Ahora, ¿puedes dejar de estar enojada conmigo? —preguntó Natán con voz gentil al tiempo que extendía su mano una vez más para sostener su rostro.
En esta ocasión, Cristina no lo evitó y permitió que sus dedos acariciaran sus mejillas; podía sentir cómo la sostenía de su mandíbula para alzar un poco su cabeza.
A continuación, el hombre la besó apasionadamente despertando su deseo de una.
Natán se acercó más a ella.
El espacioso auto ahora se sentía pequeño y, al segundo siguiente, sus alientos se combinaron; una tenue fragancia impregnó el interior del auto.
…
Al día siguiente, Cristina se levantó temprano para comprar desayuno y visitar a su mentora.
Lorena, quien seguía un estilo de vida muy disciplinado, se levantó temprano a practicar yoga.
Al ver a Cristina, sonrió de manera pícara y dijo:
—¿El celoso de tu esposo por fin te dejó salir de casa?
—Señorita Soler, por favor no le preste atención. Solo está preocupado por mi seguridad —respondió Cristina con una sonrisa inocente.
A continuación, puso el desayuno sobre la mesa y siguió guardando las cosas que había dejado pendientes la noche anterior.
—No me molesta. En realidad, me alegra ver lo mucho que se preocupa por ti —respondió Lorena de manera casual y con una mascarilla en el rostro— Por cierto, ¿has visto las noticias últimamente?
—Veo lo relacionado con la industria cada mañana —respondió Cristina con honestidad.
Era verdad que seguía de cerca las tendencias en la industria de la moda. Quizás esta era una costumbre que todo diseñador debería tener.
—Margarita ha estado recibiendo mucha atención últimamente y ya incluso tuvo una exposición en el extranjero. Oí que los organizadores la invitaron para que fuera modelo en mi próxima exhibición —Lorena resopló de manera burlona— ¿De verdad se cree digna de vestir la ropa que yo diseño?
No podía evitar burlarse del asunto, aunque también se mostraba molesta de solo recordarlo.
—Todo lo que se puede observar en la industria de la moda no es más que un lado de las cosas. No sabemos qué pueda estar detrás ni podemos influir en aquello sobre lo que no tenemos control. ¿No fue eso lo que usted me enseñó, señorita Soler? —dijo Cristina encogiendo los hombros.
Era verdad que Margarita estaba acaparando reflectores últimamente.
Cada que Cristina consultaba las noticias relacionadas con la industria de la moda, ahí estaba Margarita en primera plana casi todos los días yendo a banquetes, exhibiendo sus diseños o colaborando con celebridades.
En poco tiempo, se convirtió en una diseñadora de renombre.
Todo esto era prueba de cómo la buena publicidad ayuda a que la fama de una persona se dispare de la noche a la mañana.
Por esta razón, tan pronto oyó el nombre, Cristina se emocionó mucho.
«¿Quién no querría ver una exhibición de la señorita Astrid?»
—¿De verdad? ¿Qué precio tienen los boletos? ¿Puedo comprárselos?
Cristina no se atrevía a aceptar tan casualmente la invitación sin dar algo de regreso. Además, su mentora ya le contó las diversas fechorías que Sara cometió contra ella, por lo que debía ser cautelosa.
—Me caes bien y por eso quisiera que fueras mi acompañante para la exhibición. Si te preocupa tanto el dinero, ¿debería suponer que no estás interesada en ser mi amiga?
Sara no estaba interesada en vender los boletos. Incluso si lo estuviera, los boletos no pueden comprarse con dinero.
Era obvio que Sara estaba intentando quedar bien con Cristina haciéndole este grandísimo favor de invitarla a la exhibición.
Cristina se sentía conflictuada como un alma perdida y hambrienta a quien una bruja malvada ofrecía una manzana.
—Gracias por la invitación, Sara. Cuenta conmigo.
En el rostro de Sara apareció una mueca.
—Te enviaré la hora en un rato más. Por favor no llegues tarde.
—Está bien.
Tras terminar la llamada, Cristina no pudo evitar sentirse culpable como si hubiera hecho algo malo a escondidas de sus padres.
«Nada malo puede pasar si solo voy a ver el espectáculo y evito interactuar con Sara lo más que pueda».
Poco después, recibió un mensaje de Sara sobre la hora y el recinto en el que se llevaría a cabo la exhibición.
Cristina buscó en internet información reciente sobre Astrid, pero no logró encontrar nada. Después de todo, el estudio de Astrid compartía imágenes del detrás de escena y promovía sus productos después de terminada la exhibición.
El espectáculo estaba programado para la noche, lo que le permitía trabajar sin interrupciones durante el día, por lo que Cristina decidió volver a su estudio para trabajar un poco en lo que se llegaba la hora del evento.

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