Cristina estaba sentada en su asiento, con la mirada perdida en el espacio que tenía delante. Parecía que aún no había recuperado del todo la compostura tras los impactantes acontecimientos anteriores.
Natanael le tocó suavemente el hombro. —Ya está todo bien. No te preocupes.
Como percibía su inquietud, intentó decir más cosas para consolarla. —Es inevitable que un avión se encuentre con fuertes corrientes de aire. A veces, se pueden experimentar dos o tres episodios de turbulencias en un solo vuelo.
Agitando sus largas pestañas, Cristina le observó con la curiosidad de un niño que escucha una historia emocionante. Cuando Natanael se dio cuenta de que había despertado su interés, prosiguió:
—Hubo otra ocasión en la que volaba al extranjero con Sebastián para un viaje de negocios y el avión en el que viajábamos se encontró con fuertes corrientes de aire, más severas que las que habíamos experimentado antes. Recuerdo que había un problema con el motor del avión, y Sebastián me tomó fuertemente de la mano, preguntándome qué debíamos hacer. Mientras revisaba un documento, le dije que un avión tiene dos motores, y que el capitán optaría por descargar combustible y luego descender. Normalmente, habría un cincuenta por ciento de probabilidades de un resultado seguro. Su rostro palideció al oír lo que le dije. Era el primer encuentro de Sebastián con una situación aeronáutica tan crítica, y estaba tan asustado que juró que si aterrizábamos a salvo, conseguiría inmediatamente una esposa.—
Cristina se rio entre dientes. —Es realmente difícil imaginar que alguien tan serio como Sebastián esté en estado de pánico.
Natanael se sintió aliviado al ver la sonrisa en su rostro. Le acarició suavemente la cabeza. —Descansa un poco. Pronto llegaremos.
Cristina se resistió ligeramente a su gesto íntimo. Instintivamente se echó hacia atrás, metiendo el cuello y desviando la mirada hacia el otro lado. El peso de sus emociones anteriores se había disipado un poco y aprovechó para cerrar los ojos y descansar. Al ver que Cristina apartaba la cabeza, Natanael no pudo evitar sentir una punzada de decepción. Sin embargo, comprendió que recuperar la confianza requeriría paciencia y tiempo. Poder permanecer a su lado y acompañarla era lo único que le importaba. Media hora después, el avión aterrizó sin novedad.
Natanael y Cristina salieron juntos del avión por el pasillo VIP y pronto vieron a Sebastián esperando en la puerta de embarque. Sebastián se acercó al dúo y les ayudó con el equipaje, y los tres salieron juntos del aeropuerto. A la salida, Cristina se dio cuenta de que Natanael había dispuesto que dos coches les recogieran.
—Primero haré que Raymundo te envíe a casa. Yo volveré más tarde— dijo Natanael con rotundidad.
Desconcertada, Cristina preguntó: —¿Por qué no volvemos juntos? Los chicos sabían que nos fuimos juntos, así que sospecharían de nosotros si volviéramos por separado.
Tras haber pasado por el incidente en el que uno de sus hijos se escapó de casa, Cristina prometió a los niños que no volvería a discutir con Natanael. Podían expresar sus diferencias en privado, pero no discutir delante de los niños.
Natanael dijo en tono amable: —Quiero volver a teñirme el pelo.
No quería aparecer delante de sus hijos con su peinado hipster, pues socavaría su imagen de padre. Cristina lanzó una mirada al pelo rubio de Natanael, y no pudo evitar establecer una comparación con los chicos animados y a la moda que había visto en la televisión. Su habitual comportamiento sereno y rígido parecía haber sido sustituido por una nueva sensación de frescura. Si no hubiera llevado máscara, su sola aparición habría causado sensación entre la multitud. Cristina no pudo evitar maldecir para sus adentros.
Se lo merece por haberse tomado la molestia de teñirse el pelo para ocultar su identidad.
No quería volver a la Mansión Jardín Escénico y que los niños la bombardearan a preguntas sobre el paradero de su padre. —Iré contigo. Volveremos a la Mansión Jardín Escénico después de teñirte el pelo.
La alegría en los ojos de Natanael no podía disimularse. —De acuerdo.
Se acercó y abrió la puerta del coche a Cristina antes de sentarse con ella en el asiento trasero. Sebastián notó cómo el rostro de Natanael se iluminaba al oír las palabras de Cristina, lo que le hizo darse cuenta de que los sentimientos de Natanael por ella se habían intensificado durante el viaje. Se sentó en el asiento del conductor e inmediatamente se puso en marcha.
Al cabo de media hora, llegaron a una peluquería de lujo. La peluquería parecía espaciosa y luminosa, más parecida a un salón de lujo que a una peluquería típica. Un estilista masculino se acercó a ellos y les preguntó respetuosamente: —Sr. Herrera, vamos a volver a teñirle el pelo de negro, ¿verdad?

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