Tan pronto como Cristina habló, escuchó pasos detrás de ella. Al darse la vuelta, se encontró mirando a los ojos de Natán.
«¡Qué casualidad! Natán aparece cada vez que decimos algo sobre él. ¿Puso micrófonos ocultos en esta casa?».
Natán levantó a Lucas y le colgó la mochila al hombro.
—Es hora de ir a la escuela, Lucas...
—Pero Camila está enferma. Quiero quedarme y cuidarla. —Lucas frunció los labios y parpadeó, tratando de apelar a su padre.
—Hay mucha gente en casa para cuidarla. Tienes que llegar a tiempo a la escuela. —Mientras hablaba, Natán se dirigió hacia la puerta con Lucas en brazos.
Al no haber visto a su madre durante mucho tiempo, Lucas se mostró reacio a asistir al jardín de niños. Además, podía recitar el temario con los ojos cerrados. Estaba decidido a permanecer al lado de su madre. Con ese fin, se agarró el estómago y gritó:
—¡Ay! ¡Me duele el estómago! No creo que pueda ir a la escuela.
Natán frunció el ceño.
«Antes estaba bien y ahora le duele el estómago ante la idea de ir a la escuela. Buen intento».
—No me importa lo que duela. Irás a la escuela —insistió, su voz se volvió suave de una manera peligrosa.
El pánico de Lucas creció cuando su padre estaba a punto de salir de la casa con él.
—¡Ayuda, mami! ¡Duele tanto!
Al verlo rechinar los dientes en agonía, Cristina se convenció de que estaba diciendo la verdad. Preocupada, corrió tras ellos y los detuvo.
—¿No lo escuchaste decir que no se siente bien? —Cristina se acercó y arrebató a Lucas de los brazos de Natán.
Como un koala, Lucas se aferró a su madre.
«Gracias a Dios por mami. Ella me ama más que papá».
Acurrucado contra el pecho de Cristina, no se atrevió a mirar a su padre por miedo a ser descubierto.
—¿Dónde duele? Enséñame. —Cristina cargó a Lucas y lo sentó en el sofá.
Lucas no sentía dolor, pero señaló de manera arbitraria.
—Aquí, y aquí.
«¿Qué tipo de enfermedad es esta? Parece serio».
Cristina examinó a Lucas con ansiedad.
—No te preocupes, Lucas. Te llevaré al médico...
Camila también se puso ansiosa.
—No te asustes, Lucas. Te traeré un poco de medicina.
A Cristina le hicieron mucha gracia las inocentes palabras de Camila.
—No puedes compartir tu medicina, Camila. Los dolores de estómago requieren un tipo diferente de medicación, ¿entiendes?
Camila asintió sin comprender.
—Entiendo, mami...
Las personalidades de los niños diferían mucho. Lucas era ingenioso y franco, mientras que Camila era delicada y emotiva.
Natán se acercó y estudió con atención la expresión de Lucas.
—Llamé al médico. Viene a examinarte y a darte un pinchazo si no te encuentras bien.
Como la mayoría de los niños, Lucas temía a las agujas. Ante la perspectiva de ser pinchado, dio un violento sobresalto.
«¡Ir a la escuela es por mucho preferible a recibir un pinchazo!».
Con un repentino destello de inspiración, Lucas se levantó de un salto.
—Ya no duele, mami. Será mejor que me vaya a la escuela.
Sin decir una palabra más, se puso de pie, luciendo como nuevo.
«A pesar de verse tan enfermo antes, se ve mucho mejor en unos pocos segundos».


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