Desde que a Magdalena se le prohibió entrar en Mansión Jardín Escénico, los guardaespaldas de la familia Herrera comenzaron a prestar más atención a la mujer. Cada vez que venía, la detenían afuera. Los guardaespaldas no la dejaron dar ni un paso en el recinto.
—Señorita Torres, es tarde. ¿En qué puedo ayudarla?
Justo cuando Magdalena miraba melancólica las puertas de Mansión Jardín Escénico y recordaba el momento en que podía pasar por esas puertas sin que nadie la detuviera, apareció Cristina.
Su voz helada sacó a Magdalena de su línea de pensamiento. Se giró para mirar a Cristina, que llevaba un camisón rosa de tirantes finos con un cárdigan. Su atuendo complementaba su figura. Luego, cuando Magdalena vio la apariencia juvenil de Cristina, no pudo evitar sentir celos.
Se preguntó si Cristina se habría quedado dormida en los brazos de Natán ahora si hubiera sido un poco más tarde.
La idea de que Natán abrazara a Cristina hasta que se durmiera, hizo que los celos en ella crecieran hasta el punto de arrugar la cara con furia. El brusco cambio de expresión en su rostro silencioso fue un poco espeluznante.
Cristina frunció el ceño y pronunció.
—Si no hay nada que quieras, volveré a entrar.
Al escuchar eso, Magdalena volvió en sí. Por el bien de su plan, se alejó de los pensamientos de asesinar a Cristina.
—¡Cristina! Esta es la evidencia de que Andrea intenta lastimarte.
Mientras hablaba, sacó un USB y se lo pasó a Cristina.
—¿Qué demonios quieres? —preguntó Cristina. En lugar de tomar el USB, la miró de fijo.
Esperaba leer la mente de Magdalena y descubrir qué planes nefastos tenía esta última, pero, aparte de la mirada frenética en sus ojos, no vio nada más.
—Solo espero que me hagas un vestido —dijo Magdalena, frunciendo sus labios rojos.
—¿Eso es todo?
—Sí. —Magdalena puso el USB en las manos de Cristina como si ésta ya hubiera accedido a su petición—. Mi compromiso es el día quince del mes que viene.
Cristina vio a Magdalena alejarse mientras se aferraba con fuerza a la memoria USB. Las alarmas sonaban en su cabeza.
—¿Por qué lo quiere de ti? —Natán, que estaba apoyado en la cabecera y leyendo una revista, preguntó, cuando Cristina regresó a la habitación.
Cristina se volvió para mirarlo. Natán se había puesto un par de lentes sin montura y su cabello negro descansaba con suavidad sobre su frente.
Había algunos botones de su camisón desabrochados, revelando su piel clara. Era una imagen seductora a la que apenas podía resistirse.
Cristina tragó saliva. Un rato después dijo al fin.
—Magdalena se va a comprometer pronto. ¿Lo sabías?
Natán alzó una ceja.
—No lo sabía.
Al darse cuenta de que la sorpresa en el rostro de Natán no parecía fingida, Cristina se mordió el labio inferior y preguntó:
—¿Por qué no lo sabes? ¿No te dijo nada?
Natán de inmediato se dio cuenta de que Cristina estaba tratando de engañarlo para que admitiera algo.
—¿Por qué debería hacerlo? ¿Por qué me lo iba a contar?
Esas dos preguntas impidieron que Cristina continuara con sus planes de provocar el caos. Ya no interesada en ese tema, se subió a la cama y le mostró a Natán el USB.
Ella le contó sobre la petición de Magdalena.
Natán se quedó callado un rato.
—No es necesario que lo aceptes si no quieres.
Tenía formas más que suficientes de lidiar con Andrea.
—No, lo aceptaré. —Cristina estaba entusiasmada. Cuanto más reservada era Magdalena, más quería saber qué estaba pasando.
Natán lanzó a Cristina una mirada amorosa antes de responder.

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