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¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 514

Mientras tanto, dentro de la comisaría, Gedeón, mallugado y golpeado, estaba agazapado en un rincón cuando de repente escuchó el grito del policía.

—¡Gedeón Suárez, puedes irte ya!

—Oficial, ¿de verdad puedo irme? —Gedeón pensó que sus oídos le estaban jugando una mala pasada.

Había estado involucrado en una pelea pública, y si nadie venía a rescatarlo, se suponía que pasaría una noche ahí.

—Sí. Alguien ha venido a pagar tu fianza. —El oficial de policía abrió la puerta metálica ante Gedeón mientras hablaba.

Gedeón se quedó por un momento aturdido antes de salir de detrás de la puerta. No podía adivinar quién vendría a buscarlo. Con el corazón palpitante, siguió al oficial. En esos pocos segundos, consideró que todos eran posibles, pero nunca pensó que sería Cristina.

Cuando la vio de pie en el pasillo firmando papeles, sintió como si toda la sangre de su cuerpo se le hubiera enfriado. Se detuvo en seco y se quedó en su lugar.

Después de que terminó de firmar los papeles y pagó la multa, ella miró hacia arriba y notó que Gedeón la miraba de fijo.

Una compleja gama de emociones jugaba en su rostro. Era evidente que nunca había imaginado que ella estaría ahí para sacarlo de la cárcel.

La verdad, Cristina también estaba sorprendida por su decisión de hacer eso.

Después de salir de la estación de policía, Cristina y Gedeón caminaron uno tras otro. Ninguno de los dos habló.

—¡Cristina!

Justo cuando Cristina estaba a punto de salir de la acera, un todoterreno Mercedes-Benz se detuvo frente a ella. Cuando se bajó la ventanilla del auto, se reveló el hermoso rostro de Natán. Pero en ese momento, sus cejas estaban fruncidas y una expresión de preocupación se extendió por su semblante.

—¿Natán? —Cristina lo miró sorprendida.

Por supuesto, no esperaba encontrarse con él ahí.

Natán abrió deprisa la puerta y salió del vehículo. Examinó con cuidado su cuerpo para comprobar si tenía alguna lesión, y solo después de asegurarse de que estaba bien, respiró aliviado. Aun así, no pudo evitar reprenderla.

—¿Por qué no respondiste a mis llamadas?

—No escuché sonar mi teléfono. —Cristina tenía cara de despistada.

Sacó su teléfono de su bolso y descubrió que lo había puesto en modo silencioso estos últimos días, para concentrarse en el trabajo y evitar distraerse.

Había más de treinta llamadas perdidas en su teléfono. Dio un golpecito en la pantalla y se dio cuenta de que todas las llamadas eran de Natán.

Cristina sacó la lengua con culpa.

—Lo siento. No lo volveré a hacer la próxima vez.

Luego, de inmediato configuró su teléfono para que sonara, frente a él.

Cuando vio cómo ella había admitido sus errores con presteza y sinceridad, la mueca de Natán se disipó con lentitud.

—¿Qué haces aquí? —Natán pudo localizar a Cristina gracias al sistema de posicionamiento global de su teléfono.

Se exaltó mucho cuando vio que estaba cerca de una comisaría.

Mientras hacía la pregunta, Natán miró detrás de Cristina y vio a Gedeón de pie no muy lejos. Tenía la cabeza baja. En ese instante, estaba demasiado avergonzado para encontrarse con Natán.

—¿Viniste aquí por él? —Con una sola mirada, Natán se dio cuenta de que Gedeón ya no era el mismo de antes.

Cristina asintió.

—Vamos.

Dicho esto, caminó hacia el lado del pasajero, abrió la puerta y se subió al vehículo, sin intención de molestarse más con Gedeón.

Gedeón no la persiguió como solía hacerlo, ni le rogó a Cristina que le prestara atención. En lugar de eso, se limitó a quedarse en su lugar y verla irse.

Ella miró la figura encogida de Gedeón a través del espejo retrovisor antes de que se volviera borrosa. Una melancolía inusual e intensa se agitó en su interior.

Apoyó la cabeza contra la ventana mientras recordaba lo que el policía le había dicho antes.

Solo después de que todos se hubieron ido, Natán se levantó y caminó hacia el salón. Abrió la puerta y vio a Cristina sentada en la cama de manera obediente y jugando con su teléfono.

—¿He perturbado tu trabajo? —Cristina levantó la vista para ver a Natán acercándose y dejó el teléfono.

—No —respondió mientras se inclinaba para tocarle la frente con el dorso de la mano.

Su fiebre había disminuido.

Cristina también se tocó la frente, pero no sintió nada inusual. Sin embargo, en ese momento, su estómago comenzó a gruñir.

—Tengo hambre.

Al escuchar eso, Natán de inmediato se puso en contacto con Sebastián, quien, poco después, llegó con una comida deliciosa.

Cristina estaba hambrienta, así que tomó el tenedor y se comió la comida sin preocuparse por su imagen.

Natán, sentado a su lado, le recordó, preocupado.

—Reduce la velocidad.

Luego, continuó poniendo más comida en su plato. Ver esa escena hizo que Sebastián sintiera envidia.

«¡Yo también quiero una novia!».

—Sebastián, ¿tú también tienes hambre? —Cristina levantó la cabeza y vio la mirada anhelante en los ojos de Sebastián. Ella pensó que él estaba deseando su comida, así que sugirió.

—¿Tú también quieres comer algo?

Para Cristina, Sebastián no era un asistente cualquiera; era más como un miembro de la familia.

—No tengo hambre, señora Herrera. Tengo algunas cosas que atender, así que me despido ahora. —Sebastián se sobresaltó y de inmediato se fue.

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