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¿Mi esposo es mi amante secreto? romance Capítulo 537

Natán solo logró dormir un poco más de dos horas. El entorno desconocido lo hacía sentir inquieto, pero encontró consuelo en tener a Cristina a su lado.

Cuando abrió los ojos, vio a Cristina levantando la cabeza con una mano mientras sus delicados dedos le pellizcaban un poco el puente de la nariz bien definido.

Sus miradas se encontraron, y un rastro de inquietud brilló en la mirada de la mujer; parecía una niña traviesa sorprendida en el acto por un padre. Mientras estaba desprevenida por el repentino despertar de Natán, él la miró de fijo.

Avergonzada, ella retiró deprisa la mano, sus ojos se movieron mientras intentaba ocultar su comportamiento inusual.

—Um... Había un mosquito en tu nariz, y yo solo estaba tratando de aplastarlo. No es lo que piensas.

Sintió una punzada de arrepentimiento al notar la mirada peculiar de Natán, dándose cuenta de que sus palabras solo habían empeorado la situación.

En ese momento, Natán la agarró de la mano y la atrajo hacia él.

—¿En qué estabas pensando?

Su corazón comenzó a acelerarse cuando sintió su cálido aliento rozando su rostro; el aura seductora y abrumadora del hombre era por completo cautivadora.

Natán se acercó más, decidido a obtener una respuesta.

—Cristina, cuéntame.

Ya no había forma de evitar el tema. Resignada, Cristina cerró de manera breve los ojos y luego los volvió a abrir rápido. Mientras miraba el rostro un poco fatigado, pero aún dominante de Natán, bajó los ojos y confesó en voz baja.

—Tan solo quería tocarte. Por favor, no preguntes más.

Antes de que pudiera terminar su frase, Natán tomó de manera inesperada sus manos y las presionó contra su rostro. Dijo con suavidad:

—Todo lo que poseo te pertenece. Siéntete libre de tocar; no hay necesidad de hacerlo en secreto.

Después de más de cinco años de matrimonio, Natán podía sentir las inseguridades ocultas que albergaba Cristina, aunque nunca se expresó de manera explícita.

Experimentar dos peligros consecutivos en un mes había asustado a Cristina, sin importar lo fuerte que pareciera en la superficie.

El calor que emanaba de sus palmas unidas viajó a través del cuerpo de Cristina y le dio un inmenso consuelo.

«En este mundo, nadie entiende mis deseos mejor que Natán».

Sus oídos se enrojecieron con un tinte de vergüenza mientras hacía su confesión.

—Tuve una pesadilla. Me salvaste y perdiste...

Ella vaciló, incapaz de pronunciar esas dos palabras inquietantes.

Cuando recordó las espantosas escenas de su sueño, su rostro se puso pálido y su voz tembló mientras continuaba.

—Natán, prométeme que no importa lo que te depare el futuro, no te pondrás en peligro. Tu bienestar siempre debe ser lo primero.

Natán podía adivinar el contenido de sus sueños. La abrazó con fuerza y la consoló.

—Los sueños a menudo contrastan con la realidad. No te preocupes demasiado. Tu seguridad y el bienestar de nuestro hijo son primordiales.

La pesadilla seguía rondando los pensamientos de Cristina, pero no podía permitir que Natán se preocupara. Tenía que parecer tranquila. Por lo tanto, levantó la cabeza y esbozó una sonrisa.

—Tienes razón. No debo dejar volar mi imaginación. —Su mano acarició con suavidad su vientre creciente mientras se quejaba de manera juguetona—. Natán, estoy hambrienta.

Al escuchar eso, la ayudó a sentarse antes de responder.

—Le pediré a Sebastián que traiga algo de comida. Espera aquí y te traeré un vaso de agua.

Cristina asintió de manera obediente.

Después de enviarle un mensaje a Sebastián, Natán se levantó de la cama para ir a buscar un vaso de agua tibia para ella.

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