En sus recuerdos actuales, Amelia había ido a la oficina de Dorian muy pocas veces. Una vez fue para hablar del divorcio y otra cuando recién se fundó el Estudio Esencia-Rufino; esa vez, tras la fiesta de la empresa, lo vio irse solo y, por un impulso, subió, pero solo llegó hasta afuera.
En ese entonces ni siquiera tenía permiso para que el elevador llegara a su piso; tuvo que subir por las escaleras de emergencia desde el piso más alto al que tenía acceso.
Para la antigua Amelia, este lugar era un territorio prohibido e inalcanzable. Por eso, al sentir las miradas curiosas de todos, tuvo un momento de aturdimiento.
Entró en silencio detrás de Dorian. Vio cómo él dejaba a Serena en el sofá y se agachaba para quitarle los zapatos con delicadeza.
Serena empezó a brincar en el costoso sofá de piel sin ninguna preocupación, como si estuviera en la sala de su casa.
Si no viniera seguido, no actuaría con tanta naturalidad.
—Papá, quiero agua.
Le daba órdenes con total confianza.
—Papá te sirve —dijo Dorian acariciándole la cabeza. Se enderezó y miró a Amelia, que seguía en la puerta—. ¿Quieres agua?
Amelia asintió.
—Sí, por favor.
No sabía si era por estar en su territorio o por lo que acababa de escuchar, pero la presencia de Dorian la intimidaba de nuevo, haciéndola sentir cohibida.
—Siéntate un momento.
Dorian se dio la vuelta para servirles agua.
Amelia obedeció y se sentó en el sofá, observando la oficina.
En su memoria, era la primera vez que entraba ahí.
La vez del divorcio, la asistente la dejó esperando en el área de visitas de afuera.
La vez de la fiesta, se lo encontró en el pasillo.
Dorian regresó con el agua y notó cómo ella escaneaba el lugar con duda.

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