Los ojos oscuros de Dorian, ya de por sí tiernos, se llenaron de una dulzura infinita al escucharla.
—Yo también —dijo él, mirándola fijamente a los ojos con voz suave—. Desde que éramos jóvenes hasta ahora, te he amado muchísimo, y solo a ti. Nunca he dejado de hacerlo.
Amelia sonrió, pero la sonrisa vino acompañada de lágrimas que se desbordaron de sus ojos.
—Creí... —Su voz se quebró por el llanto—. Creí que en esta vida... ya no tendría la oportunidad de decirte que te amo. De verdad... tuve mucho miedo...
—Ya pasó —dijo Dorian, limpiándole con el dedo una lágrima que escapaba por el rabillo del ojo—. Me costó tanto recuperarte por completo, ¿cómo crees que te iba a dejar?
—Pero me ocultaste todo y te fuiste solo a un lugar tan peligroso... —Amelia no podía dejar de sollozar—. Si Serena no se hubiera despertado llorando por ti, ni siquiera me habría enterado... Te busqué tanto y al final...
Amelia no pudo continuar. Al recordar la explosión, sintió un frío glacial recorriéndole el cuerpo. Tenía pánico de que todo esto fuera un sueño y que, al despertar, siguiera en ese almacén oscuro, escarbando desesperada entre los escombros de una montaña de ruinas donde Dorian ya no existía.
—Fue mi error no pensar en cómo te sentirías —admitió Dorian, comprendiendo su terror. Le dio un beso suave en los labios y susurró—: Cuando te vi correr hacia mí, me arrepentí. No debí dejarte sola para detener a Otto y a Fabiana. En ese momento solo tenía un pensamiento: tenía que vivir, no podía dejarlas solas a ti y a Serena. Por eso, antes de que sonara la explosión, Alejandro y yo nos metimos en un contenedor y nos lanzamos al agua. Buscamos desesperadamente la salida porque me aterraba tardar demasiado y que tú, en tu angustia, hicieras alguna locura. No pensé que llegaría tarde de todos modos.
Dorian tomó sus manos, cubiertas de vendas, y la miró a los ojos:
—No vuelvas a hacer algo así.
—Está bien.
Amelia asintió con un sollozo, haciendo un puchero igual al de Serena, incapaz de contener el llanto.

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