La obra estaba en la esquina noreste de la escuela, en un terreno baldío cerca del muro perimetral, que había sido cercado al iniciar la construcción.
Tras el accidente, el sitio fue sellado temporalmente y los trabajos se detuvieron por completo.
Para evitar que la construcción afectara a los estudiantes, se había abierto un acceso independiente por el muro exterior.
Amelia y Dorian entraron directamente por ahí sin alertar a nadie.
Como no había quien cuidara a Serena, la niña fue con ellos.
Por precaución, Dorian dispuso que varios guardaespaldas los acompañaran.
El lugar había sido desalojado antes de su llegada; todo estaba en absoluto silencio.
Serena, en brazos de Dorian, miró la estructura vacía y se encogió contra el pecho de su padre, susurrando:
—Papá, tengo miedo.
Dorian le sujetó la cabecita contra su cuello y le dijo suavemente:
—No tengas miedo, papá y mamá están aquí.
En realidad, no quería traer a Serena. Una obra es peligrosa, y más si esconde asuntos turbios. Pero sin Marta y sin una niñera de confianza que Serena aceptara, no tuvieron opción, ya que ambos debían inspeccionar el lugar.
Dorian ya le había puesto un casco de seguridad, pero el silencio sepulcral y la estructura en obra negra asustaban a la pequeña.
Amelia, de pie junto a Dorian, tomó la manita de Serena y le susurró que todo estaba bien.
Dorian aprovechó para preguntarle:
—¿Crees que Marta podría intentar cambiar a sus hijos a una escuela por aquí?
—No creo que sea conveniente —dijo Amelia frunciendo el ceño—. Los planes de estudio son diferentes. Le preguntaré más tarde.

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