Entrar Via

Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 161

La pierna de Kevin iba mucho mejor. Nerea pasaba cada diez días a darle una sesión de acupuntura.

En cuanto llegó Nerea, Kevin dejó los videojuegos y sus ojos la siguieron por toda la habitación.

—¿En qué andas tan ocupada últimamente? Ya ni vienes al hospital a verme.

Nerea, concentrada en las agujas, respondió:

—Chambeleando para sacar lana.

—¿Te falta dinero? ¿Mucho? Yo te lo doy.

Nerea se rio.

—¿Cuánto es “mucho”? A nadie le estorba tener de más.

Kevin sacó una tarjeta negra y se la extendió.

—Ten, úsala cuanto quieras.

Nerea le echó un vistazo; era la tarjeta titular, no una adicional. Sonrió y rechazó la oferta amablemente:

—Gracias, pero ya te dije que tu tratamiento es gratis. No te voy a cobrar.

—No es por la consulta —Kevin insertó la tarjeta directamente en el bolsillo de su bata—, es para ti.

Nerea estaba a punto de sacarla cuando a Kevin se le endureció la cara y la miró con frialdad.

—Ni se te ocurra sacarla y devolvérmela. Si lo haces, te me vas de aquí ahorita.

Con ese arranque de Kevin, a Nerea no le quedó otra más que darle por su lado. Fingió una sonrisa y dijo:

—¿Cuál es la prisa? Solo quería sacarla para verla bien, nunca había visto una tarjeta negra.

La expresión de Kevin se suavizó al instante, aunque no pudo ocultar su sorpresa.

—¿Tu ex, con toda la lana que tiene, es así de codo? ¿Ni una tarjeta buena te quiso dejar?

Nerea asintió.

—Así es. Me dio una adicional y luego me la quitó.

—¿Y ese tipo de hombre merece tener esposa? Qué poca clase.

Nerea terminó de colocarle las agujas y le indicó que cooperara con los demás tratamientos; a ese ritmo de recuperación, en poco más de un mes podría empezar con la rehabilitación física.

Tras salir de la habitación, Nerea intentó devolverle la tarjeta a Leonardo Rojas, pero él no la aceptó.

—Si te la dio a ti, es tuya.

Como Leonardo se negó a recibirla, Nerea tuvo que quedársela temporalmente; decidió guardarla como si fuera una pieza rara.

Cuando salía del hospital, recibió una llamada del asistente de Cristian.

Era Cristian al teléfono, con voz angustiada:

—Ulises tuvo un accidente de coche. Necesita cirugía, pero los médicos no logran detener la hemorragia.

La expresión de Nerea se tensó.

—¿En qué hospital está?

—En el Hospital de la Santa Caridad.

Nerea ya estaba ahí.

Corrió hacia el quirófano. Cristian ya había hablado con la administración, así que el personal médico la llevó a desinfectarse, le dieron ropa quirúrgica y la dejaron entrar.

La operación duró diez horas; no terminaron hasta las ocho de la noche.

Ulises fue trasladado a terapia intensiva. Esa noche era crítica, así que Nerea se quedó en el hospital cuidándolo toda la noche.

No fue hasta el día siguiente, cuando los signos vitales de Ulises se estabilizaron y lo pasaron a piso, que Esmeralda llegó apresurada. Solo entonces Nerea se fue a casa a descansar.

Al tercer día, Ulises despertó.

Estaba decaído. Sus ojos se movieron lentamente y Esmeralda le preguntó:

Entró hecha una furia y se fue directo contra Esmeralda.

Esmeralda, que no esperaba ser atrapada hablando mal de ella, miró a Nerea con culpa.

Luego tosió un par de veces, fingiendo calma, y dijo con sarcasmo:

—Vaya, por fin te dignas a aparecer. Ulises lleva tres días hospitalizado y apenas das la cara. Qué madre tan despreocupada, ni te inmutas.

¡Plaf!

La voz de Esmeralda se cortó en seco. Sintió un ardor intenso en la mejilla y el sabor metálico de la sangre en la boca.

Ignorando el dolor, giró la cabeza y miró a Nerea con asombro y furia.

—¡Te atreviste a pegarme!

¡Plaf!

Nerea le soltó otra bofetada con fuerza, haciendo que Esmeralda se tambaleara y cayera al suelo.

Esmeralda se cubrió la cara y señaló a Nerea.

—Tú…

Nerea atacó de nuevo; la agarró del cabello y, sin importarle sus gritos ni forcejeos, la arrastró hasta el baño.

—Ya que tienes la boca tan sucia, lávatela bien.

—¡Ahhh!

Desde el baño se escucharon los chillidos agudos de Esmeralda.

Unos minutos después, Nerea salió.

Detrás de ella, Esmeralda estaba tirada en el piso con arcadas; no tenía heridas visibles, pero traía la cabeza empapada y apestaba a baño…

En la cama, Ulises se había quedado petrificado.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio