Cristian recibió un disparo en la cabeza, pero la suerte estaba de su lado.
Un guardaespaldas se abalanzó sobre él en el último segundo, desviando ligeramente la trayectoria. La bala, que iba dirigida al entrecejo, se desvió y quedó alojada en el hueso del cráneo. Gracias a eso, no murió al instante.
El yate contaba con equipo médico de emergencia; los doctores y enfermeras a bordo iniciaron los primeros auxilios de inmediato. Mientras tanto, la embarcación viró y aceleró a máxima potencia de regreso a Puerto San Martín.
Yago, manteniendo la calma dentro del caos, contactó al hospital y a las autoridades de tránsito. Una ambulancia y patrullas para abrir paso ya esperaban en el muelle.
Tras coordinar todo, Yago entró a la sala de emergencias improvisada en el barco.
—Directora Galarza, sé que usted es una eminencia médica. ¿Podría echarle un vistazo al señor Vega?
—Soy doctora, no hago milagros. Además, el equipo médico ya está haciendo todo lo posible. ¿De qué serviría que yo me meta?
Nerea había estado observando. Los médicos actuaban con rapidez y precisión profesional; no había errores. Su intervención sería innecesaria.
Pero Yago no lo veía así. Pensaba que Nerea se negaba por rencor hacia Cristian.
—El señor Vega no habría recibido ese disparo de no ser por usted —insistió Yago—. Escuchó la explosión y se distrajo preocupado por su seguridad.
—Ah, ¿y? —Nerea lo miró con una calma gélida—. ¿Estás intentando hacerme un chantaje sentimental, Yago?
—No, directora, me malinterpreta. Solo quiero abogar por él. Sé que el señor Vega cometió errores en el pasado, pero ha intentado enmendarlos. Además, es el padre biológico de su hijo. Le suplico, directora Galarza, aunque sea por el niño, clávele un par de agujas.
Yago le tendió un estuche con agujas estériles, suplicándole con la mirada.
Confiaba en los médicos, pero un apoyo extra siempre ayudaba. Nerea dominaba técnicas de estimulación con agujas como complemento, útiles para estabilizar al paciente sin estorbar los primeros auxilios. Si ella intervenía, las probabilidades de que Cristian sobreviviera aumentarían. Y si Cristian vivía, el futuro de Yago y de muchos otros estaba asegurado.
El equipo médico ya había agotado sus recursos; ahora todo dependía de la resistencia del paciente. Yago miró a Cristian, pálido e inconsciente en la camilla, y se tragó su orgullo.
—Directora Galarza… hágalo, por favor; aunque sea para darle una oportunidad más.

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